Hoy, año 2016, consumido cerca del 16 por ciento del siglo 21, una de las cosas que más crece, y que todo el planeta quiere potenciar es la llamada “imagen corporativa”. Ya no la asociamos tan solo a una compañía, a sus productos, sino a estructuras que van más allá, a los países, las regiones, las ciudades, los pueblos.
Un partido político debe encontrar su “logo”, el que mejor le defina, para que en el momento en que se presente a unas elecciones, sea reconocible y votable. Algunas de esas formaciones se han perdido en el camino de encontrar su apariencia corporativa, no han dado con el “claim”, el “slogan”, y eso les ha hecho caer y hasta desaparecer.
Lo mismo ocurre con los lugares. La batalla entre ciudades para dar con su reclamo ideal les lleva a contratar agencias, consultores y todo tipo de “sabios” para acabar definiéndose en aquello que les de la excelencia. Y eso me lleva al caso de una localidad, Salou, que por motivos familiares, fue mi hogar vacacional los primeros 14 ó 15 años de mi vida. Miles de familias, no sólo de Reus, sino de Zaragoza o Madrid, eligieron este lugar como su segunda residencia.
Desde el 2000, el fenómeno del low cost y de la oferta todo incluido, alcohol y desmadre también, daban millones a la localidad, y poco a poco, arrinconaban a los ciudadanos de siempre. La eterna discusión de la botella, medio llena, medio vacía, los pros y los contras de las cosas. Veo que tras tres lustros, se acabó para los jóvenes, sobre todo británicos, la semana del todo vale… Tendrán que buscar otros destinos. En este aspecto, Salou y Lloret de Mar han vivido de manera paralela el problema, y ambas han decidido dar un giro radical a su “imagen de marca”.
Los residentes habituales respiran, y los responsables políticos, los que han acabado con las fiestas alocadas, reciben ahora las críticas del gremio que se lucraba con ellas. Nunca se satisface a todos…












