¿Es posible abordar el bien común de la empresa?

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Los pilares de la sustentación de la empresa.
 
El área de Política de Empresa trata de ofrecer ideas y metodologías que ayuden al buen gobierno empresarial. Tamaña pretensión no tiene por qué bloquear el pensamiento, dado que la expectativa no es encontrar una fórmula magistral útil para cada entidad y en cualquier circunstancia sino en seguir avanzando en el conocimiento de los negocios –siempre cambiantes-, de las estructuras organizativas, de las fórmulas articuladoras de las aportaciones que realizan los diversos elementos de la empresa y del papel de las personas involucradas. Podría decirse que la Política de Empresa equivaldría a un Manual de Navegación puesto en práctica (preparación del viaje, avituallamientos, tripulación, estabilidad institucional, trabajo continuado y ruta… sabiendo que cada singladura es una tarea empírica y una historia única).
 
Desde el punto de vista del Área los cimientos que sustentan cualquier aventura empresarial serían específicamente los referidos al Negocio, al Valor Compartido, a los Contrapesos y a la Profesionalidad, que se exponen brevemente a continuación.
 
El pilar del NEGOCIO.
 
Solo una oferta de bienes y servicios comercializables permite poner en marcha una empresa; ello obliga a desarrollar multitud de Operaciones con un nivel de eficacia que permita obtener resultados. Valorar la calidad de los negocios, medir los riesgos que conllevan, mantener el nivel de iniciativa que exigen los diversos mercados de proveedores y clientes y hacer las inversiones precisas son el trabajo ineludible que constituye la realidad mercantil de la empresa. La Cuenta de Resultados, el Balance y el Flujo de Fondos mostrarán a las claras el tipo de diálogo que hay que mantener con la cartera de productos, los procesos, las relaciones de intercambio, etc.
 
La esencia mercantil de la empresa es perfectamente positiva (de hecho la empresa mercantil es la forma que se ha encontrado para los producción de bienes y servicios, generando riqueza) y cuando funciona bien hace una aportación social de calidad. Ahora bien, siempre es difícil –y a veces imposible- generar lo suficiente para sostener la entidad, por errores de sus responsables, por el acierto de los competidores o por las condiciones externas que pueden llegar a inviabilizar el negocio. Y sin negocio las empresas caen. Por eso es precioso mantener vivo el olfato de negocio, sentir el mercado y tomar las iniciativas necesarias para dar solidez a este pilar, y construir sobre base segura.
 
El pilar del VALOR COMPARTIDO.
 
A través de los repartos del valor generado por el Negocio los diversos elementos que intervienen en el proceso mercantil reciben su parte. En principio se trata de un juego conjunto, donde ganan todos; en la práctica surge de lleno el tema de la justicia distributiva y de quién parte y reparte. De ahí que haya que clarificar y comprobar los repartos reales, tratando de evitar las apropiaciones indebidas; entran aquí en juego las verdaderas capacidades de negociación, dado que siempre es difícil el cumplimiento del Derecho (fácilmente “se aprieta” a los proveedores o a los clientes cuando son muchos y desconocidos-; y también, a veces, los que están más cerca de “la caja” pueden hacerse ciertas asignaciones).
 
Este aspecto de la justicia no es un asunto de moralina ni esotérico; está siempre presente en las relaciones que surgen en cualquier grupo humano, y justamente la empresa lo es: Propietarios, proveedores, clientes, empleados y dirigentes… que buscan sus objetivos particulares a la vez que interactúan. Con frecuencia se afirma que “el mercado” fija las asignaciones… pero siempre habrá que ver quién es. Ciertamente hablar de una empresa con valores morales es más propio de un “capitalismo de tipo renano” (que busca la integración, las buenas relaciones con los sindicatos, la formación profesional, los órganos de supervisión, etc.), sabiendo que existen otros capitalismos no tan amigables y más vistosos.
 
Conseguir acertar en los repartos del Valor exige prácticas contrastables y, quizás, llevarlo escrito en el ADN de la empresa; podría así fortalecerse un pilar imprescindible para el largo plazo.
 
El pilar de los CONTRAPESOS.

Como en cualquier organización humana, en la empresa mercantil se dan multitud de interrelaciones, sobre todo basadas en los títulos de propiedad y en las posiciones de gobierno. Surgen así, de manera natural, los temas de poder y las normas que rigen las relaciones entre las partes. Al tratarse de un mundo privado rige principalmente la voluntad de las partes, pero progresivamente se han ido desarrollando normativas legales –sobre todo en asuntos societarios y laborales- y otras de ámbito interno –acompañadas por códigos diversos, de carácter obligatorio o indicativo-. En definitiva se ha avanzado hacia la consideración de la empresa como una institución social, más allá de ser contemplada como la aventura de un individuo o de una familia para ganarse la vida; en ello ha incidido la aparición de empresas de grandes dimensiones, la difusión de los capitales, la nítida aparición de los dirigentes externos como gestores esenciales, la abundancia de entidades cotizando en mercados de valores organizados y, en definitiva, el capitalismo popular.
 
Ciertamente las sociedades mercantiles se han basado en el fuero de la propiedad y, más recientemente, en el papel de los dirigentes; y también se han extrapolado a este campo experiencias de otros ámbitos, sobre todo de la política pública –en los temas de la configuración de los poderes, las relaciones entre las diversas partes y la conveniencia de establecer mecanismos de control y contrabalanceo-. Se ha pasado así de unas organizaciones basadas en el modelo de monarquías absolutas a monarquías (o diarquías) sometidas a normativas de distribución de responsabilidades y de prevención de riesgos. El imaginario popular sigue anclado todavía en los presidencialismos todopoderosos –y continúa habiendo muchos ejemplos-pero lo cierto es que han aparecido contrapoderes importantes en el mundo de las empresas cotizadas, que tendrán reflejo también en las empresas de otras características. (Las organizaciones sin ánimo de lucro han sido pioneras en muchas ocasiones a la hora de experimentar con fórmulas más participativas y transparentes en la organización de los poderes y de la gestión).
 
El nivel de la configuración de los poderes puede dar consistencia al pilar de los Contrapesos o llenarlos de fisuras que pueden aparecer en los momentos más inesperados (sobre todo en tiempos de crisis… justo cuando todo debería funcionar a la perfección).

El pilar de la PROFESIONALIDAD.
 
La pericia, como saber específico y la capacidad de llevarlo a cabo, es lo que se espera de un Profesional. No es infrecuente que las personas de la empresa tengan escaso nivel por falta de formación, falta de práctica suficiente o, simplemente, por falta de deseo –por diversas razones-. A la vez, es posible encontrar muy buenos profesionales de las especialidades más distintas, personas que quieren realizarse profesionalmente, abiertas a la colaboración y al compromiso, y que son capaces de convivir razonablemente con otras personas de la organización, sin añadir ladrillos a la desmotivación. Profesionales conscientes de lo que pueden aportar a la empresa y de lo que ésta puede aportarles, sin sueños inventados por una ni por otra parte.
 
Incluso Negocios con problemas pueden ser reconvertidos si los profesionales inyectan nuevos conocimientos y fuerzan la dedicación; una buena gestión es lo que, a veces, se busca al comprar una empresa –y también a veces se vende una empresa porque no se logra una gestión competente, que esté al nivel de los desafíos-. También la práctica del Valor Compartido y los Contrapesos exigen dosis saludables de profesionalidad.
 
La empresa y el Bien Común.
 
Partiendo del esquema descriptivo de los Cuatro Pilares, puede decirse que son los ejes sobre los que gira la tarea de gobierno y de dirección de la empresa; y desde el Área de Política de Empresa el reto que se plantea es el de abordarlos con una visión vertebradora del Bien Común. Un bien común posible pues aunque parezca una posición obsoleta o que ha desaparecido de la consideración vital de algunos dirigentes, lo cierto es que hay muchos empresarios y directivos que buscan conscientemente lo que es bueno para el conjunto –y que en épocas de penuria tratan de hacer un reparto equitativo de las dificultades-.
 
Con unas u otras denominaciones siempre ha habido la pretensión de actuar correctamente en las empresas en este sentido comunitario. Apoyados en criterios doctrinales diversos han surgido herramientas específicas para tener presente ese objetivo. Valga mencionar, en este sentido, el antiguamente llamado “Balance Social” o los más actuales “Informes de Gestión”, el mundo del “Cumplimiento”, los “Mapas de Riesgos” y, especialmente, el entramado de Objetivos y Políticas que tienen que ver con el desempeño de la empresa y el trato entre sus componentes (los llamados “Stakeholders”). También con la figura de los “Consejeros Independientes” se busca que representen no sólo a la Propiedad sino al conjunto amplio de intereses (lo que supone una ruptura conceptual). En definitiva, herramientas y enfoques que “respiran” bien común; que buscan hacer el trabajo lo mejor posible, porque es lo natural en la mayoría de las empresa bien constituidas (aunque no debería olvidarse que, a veces, se hace el mal con buena conciencia).
 
Recientemente Dominic Barton, de McKinsey, preocupado por la situación de USA, aconsejaba a los dirigentes americanos lo siguiente:
 
  1. Asegurarse de que se pagan los impuestos.
  2. Ampliar las iniciativas de formación de los trabajadores.
  3. Ampliar las iniciativas de ayuda activa a las comunidades.
  4. Buscar la visión y el valor de largo plazo por medio de fórmulas de retribución de los dirigentes cuyo horizonte sea de un quinquenio –evitando “el capitalismo trimestral”-

Realmente parece una propuesta algo desesperanzada, pero conveniente. El Bien Común es un antídoto contra “la lucha de clases” (un fenómeno virulento durante la mayor parte del siglo XX), y contra “el relativismo social” (palpable en el XXI), y podría ser una fórmula interesante para recomponer el nivel de honorabilidad que la empresa mercantil se merece ante la sociedad.

 
La clave reside principalmente en las personas y los órganos responsables directos de establecer el rumbo de la empresa y los criterios de funcionamiento, y aunque parezca insólito serían los Consejos de Administración y la Línea Ejecutiva los garantes del Bien Común. En este sentido, se realiza una breve aproximación.
 
El Consejo de Administración.
 
El Consejo se ha convertido en pieza clave del gobierno empresarial como consecuencia principal de la dilución de la propiedad, de manera que es la fórmula de representación de los accionistas. Al Consejo, como garante de las responsabilidades y los derechos, le compete la vigilancia de las actuaciones de los dirigentes, sobre todo de las personas que pilotan la dirección.
 
El Consejo podría verse como el máximo responsable del bien general de la empresa, que marca políticas clave y que supervisa el cumplimiento. Quizás el esquema de los Cuatro Pilares –u otro semejante- podría tener utilidad para los consejeros y especialmente para la presidencia. Desde luego, no es esta la imagen que se da de los Consejos, pero con frecuencia los estereotipos son injustos, debido a la visión desolada que se tiene sobre los que ejercen el poder.
 
Un caso especial es el de los Consejos de Supervisión que la legislación alemana estableció con el fin de complementar la tarea de los Consejos de Administración y en los que los representantes de los empleados tienen campos establecidos sobre los que ofrecer su punto de vista. Algunos podrían verlos como una instancia burocrática y retardatoria, pero no es malo tener que tomar en consideración perspectivas diferentes a las que puedan tener los representantes del capital y de la dirección. No hay tantas urgencias como a veces se sugiere desde diversas instancias… y la calma es buena consejera en asuntos de poder, de dinero y de continuidad de la empresa; quizás sobran prisas y falta discreción.
 
(Cuando se participa en un Consejo de Administración es relativamente fácil distinguir aquellos miembros que tienen una visión reducida del “Management” de aquellos que consiguen tomar en consideración unos intereses amplios y que buscan medidas que tienden a lo deseable y lo posible para el conjunto; y es en las situaciones complejas o comprometidas cuando se marca la diferencia entre ellos).
 
La Línea Ejecutiva.
 
La línea ejecutiva está al frente de los negocios y es la que se relaciona directamente con la mayoría de los elementos de la empresa; el trabajo bien hecho y la convivencia pacífica son parte esencial de su misión. Para ello es bueno centrarse en los bienes esenciales (por ejemplo en el cumplimiento de los contratos de todo tipo, sea laborales, de suministros o con los clientes), sin necesidad de acudir para ello a elementos de comunicación que sean pura palabrería –a veces engañosa, al no coincidir lo que se dice con lo que se hace-.
 
La calidad profesional y humana es aquí el aspecto crítico, pues es donde se dan las relaciones y donde se ejerce el mando y la responsabilidad. Y lo cierto es que frecuentemente en la empresa mercantil todo ello funciona razonablemente bien. En un mundo lleno de limitaciones, lo relevante es evitar los desequilibrios y centrar las relaciones en las oportunidades compartidas. Desde luego, en algunas empresas se han creado fuertes distorsiones dados los sistemas retributivos que se han desarrollado… donde los incentivos han llegado a corromper a las cúpulas directivas, que se han convertido en seres privilegiados muchas veces con escasos merecimientos reales y, lo que es peor, afectando gravemente a las otras partes implicadas (demasiadas “estrellas” para tan poca luz); aquí los Consejos de Administración tendrían que demostrar su honradez, en vez de su indolencia.
 
Cuando la Dirección asume que su misión es avanzar en el Negocio coadyuvando al bien general desaparecen muchas de las incomprensiones, sobre todo si sabe contar con los Mandos Intermedios que estando al frente de las operaciones participan de la misma filosofía. Solos los de arriba no pueden, sobre todo porque la mayoría de las relaciones de negocio se realizan abajo –con los proveedores, los clientes, el personal, etc.-, y los de abajo no tienen ciencia infusa (sobre todo si no ven el ejemplo de los de arriba). Aquí son los hechos los que hablan, y las personas son agradecidas cuando observan el buen hacer, la buena fe y el compromiso de los miembros de la Dirección, y saben distinguir cuándo existe y cuándo falta el sentido de la justicia.
 
(Si se tiene la ocasión de trabajar con dirigentes es bastante fácil apreciar el nivel de sensibilidad que tienen respecto a los intereses, derechos y responsabilidades de los demás; algunos, desde luego, están encantados con ser refractarios a cualquier bien común, pero si se tiene la suerte de trabajar con personas de suficiente calidad humana la profesión empresarial puede merecer la pena).

Corolario.
 
En un mundo que se dice funciona mal, el contenido de este documento se resume en la afirmación de que los contratos en el ámbito de las empresas mercantiles se cumplen bastante bien, que en dichas organizaciones suele haber unos grados de participación profesional mayores de lo que parece a primera vista y que, desde luego, son el lugar donde muchos consiguen de manera lícita los medios para disfrutar de un suficiente nivel de independencia personal. Nadie dice que sea un mundo fácil; no lo es.
 
La propuesta más específica del documento es que los responsables más directos de procurar el bien común en la empresa son el Consejo de Administración y la Línea Ejecutiva, y ello teniendo en cuenta los pilares de sustentación de la entidad y no en el vacío o como una responsabilidad genérica sino como un asunto propio –como dijo Goethe: “Nunca lograrás nada, a menos que lo sientas”-.
 
*Artículo del Prof. José Luis Lucas.

 

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