Joan Bertran

Fundador de CEBIOTEX

Membrana de vida

«El gran drama de nuestro país es la financiación. Tenemos talento, pero se marcha fuera»

Un tejido revolucionario plantea reducir la virulencia de la radioterapia y la quimioterapia en el cáncer infantil
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Tomen el talento organizativo y el pragmatismo de un ingeniero textil y súmenle una experiencia vital traumática. El resultado: una solución factible y eficaz, por la que nadie apostaría a priori. Hoy hablamos con Joan Bertran, ese ingeniero, sobre un tejido revolucionario para la lucha contra el cáncer.

En su currículo formativo no figura nada relacionado con la salud. ¿Cómo un ingeniero textil termina trabajando en el sector biotech?

Me formé en ingeniería textil, sí, y en los 80 trabajé para una compañía llamada Jumberca. Era la mejor del mundo en la fabricación de máquinas circulares. Esos artefactos servían para producir todo tipo de tejidos, incluso las prendas del Futbol Club Barcelona. Para que el textil nos pueda vestir a todos es necesaria mucha tecnología, y esa fue la base de la industria catalana: la metalurgia, la electrónica, la informática, la química, los acabados… 

Yo fui el director de I+D y tecnología global, como también de formación. Viajé por todo el mundo, yendo a ferias y conociendo e instruyendo a muchas personas en todas partes. En los años 90 pasé a ser ejecutivo de la compañía, porque quería ganarme mejor la vida. Así que me convertí en director de operaciones y me ocupé del desarrollo de tejidos técnicos.

Pero llegó un día en que usted dio un salto muy importante en su carrera.

Así fue. En aquellos años vi cómo la niña Sara, que era hija de un gran amigo mío, pasó por un cáncer pediátrico entre los 2 y los 6 años. No sobrevivió. Supe por sus padres la experiencia de lo que significa la cirugía, la quimio, la radio, las amputaciones… Una tortura horrorosa para la familia. Desgraciadamente, hoy no tengo casi contacto con el padre, porque cuando me ve le recuerdo a aquellos tiempos…

Me sentí como el testigo de una gran injusticia. La niña pudo haberse salvado. Tenía un neuroblastoma alojado alrededor de una arteria. Los médicos controlaron todas las metástasis, excepto la principal, porque no se podía cortar la arteria. Así que intentaron rasparlo todo lo posible y tratarlo con quimioterapia. Pero el cáncer venció y ahí nació Cebiotex.

¿En qué sentido?

Pensé que se podría desarrollar una membrana a partir de nanofibras tecnológicas a la que podríamos integrar la quimio y, así, envolver aquella arteria con el tejido. El resultado, en teoría, sería una quimioterapia totalmente local que pudiera vencer a las células cancerígenas. Era una idea muy ingenieril, pero posible.

Pensé que se podría desarrollar una membrana a partir de nanofibras a la que podríamos integrar quimioterapia. El resultado sería un tratamiento local que pudiera vencer a las células cancerígenas. Era una idea muy ingenieril, pero posible.

Esa idea tuvo que pasar por numerosos controles de sanidad.

Claro. Además, recuerde que soy ingeniero textil y directivo, pero no médico. Así que lo primero que hice fue rodearme de los mejores. Me fui al Hospital de Sant Joan de Déu y convencí a Jaime Mora. Y también fui a la Universitat Politècnica de Catalunya a buscar apoyos. Allí tardé más de un año y medio en que me recibieran, porque incluso mis profesores de la carrera me colgaban el teléfono y me decían que lo que planteaba era imposible.

Tardé más de un año y medio en que me recibieran en la UPF, porque incluso mis profesores de la carrera me colgaban el teléfono y me decían que lo que planteaba era imposible.

¿Y qué hizo?

Seguí siendo optimista. Pensé que si no entendían la idea a la primera íbamos por el buen camino, porque el nuestro era un proyecto muy disruptivo. Además, nacimos con un alma. Había una historia detrás de esto y una misión que transcendía al propósito de lograr dinero y estatus. Es una fuerza emocional que te acompaña y te impulsa y que aparece siempre que te cansas y quieres abandonar el proyecto. En ese momento aparece la energía que te hace retomarlo.

Había una historia detrás de esto y una misión que transcendía al propósito de lograr dinero y estatus. Es una fuerza emocional que te acompaña y te impulsa y que aparece siempre que te cansas y quieres abandonar el proyecto.

De todo el equipo yo soy la persona menos cualificada académicamente. No soy doctor, no poseo un título superior, ni he escrito papers académicos. Sin embargo sé coordinar a equipos. Cebiotex empezó como un servicio a la sociedad hace 12 años. Me dediqué al proyecto durante 7 años por amor al arte. Solo hace 5 años que he empezado a cobrar algo. Y todo ello con la idea de querer ayudar a los niños enfermos de cáncer.

Pensé que si no entendían la idea a la primera íbamos por el buen camino, porque el nuestro era un proyecto muy disruptivo.

¿A los adultos enfermos de cáncer les sirve su idea?

Claro que sí. De hecho, el negocio y el impacto en cuanto a número de personas se encuentra en el nicho de los adultos. Y ahora estamos trabajando para ayudar en sarcomas, blastomas, tumores cerebrales… Todo ello en adultos. Y más tarde vendrán los cánceres de páncreas, hígado, mama, colon, etcétera.

Pero la innovación de Cebiotex está con el tratamiento a los niños, porque esa es mi pasión. Supongo que es porque, cuando tenía 10 años, pasé por una meningitis y casi me morí. Quedó dentro de mi algo de esa experiencia. Además, cuando empezamos hace 12 años nos apoyamos mucho en Sant Joan de Déu y comprábamos todo lo que necesitábamos con las famosas pulseras infantiles y el merchandising social. También la UPC puso sus recursos a nuestra disposición a riesgo.

Fue encontrándose con apoyos en el camino.

Cuando teníamos un business plan y la cosa pintaba bien, participé en el programa “Bioemprendedor 21”, promovido por Barcelona Activa y Biocat, y mi idea se plasmó en estos laboratorios. De ahí salió la membrana por casualidad. Vimos que funcionaba tanto en in vitro como en animales. La patentamos… Una de las tareas que tenía en mi empresa anterior era la de leer todas las patentes del sector para aprender y así defenderlas. La patente supuso el salto definitivo a la industria de la biotecnología. Fue allí cuando entró Caixa Capital Risc y, posteriormente, hicimos ya la ronda de financiación inicial con las famosas tres “efes”: amigos, familia y conocidos.

¿Y cómo siguió?

En 2015 comenzamos las primeras pruebas. La gente se empezó a interesar por lo que proponíamos. Y cuando decía que mi interés era trabajar con los niños me decían que primero fuéramos a por los adultos y que los niños llegarían después. Pero nunca llegaban. A la industria farmacéutica no le interesa desarrollar fármacos para niños, porque los ratios de rentabilidad no son los esperados. “¿Cuántos clientes niños hay? ¿10.000? ¿15.000? Eso no es suficiente para entrar en ese mercado”, piensan. Pues yo sí lo pienso: primero serán los niños y luego vendrán los adultos.

A la industria farmacéutica no le interesa desarrollar fármacos para niños, porque los ratios de rentabilidad no son los esperados

¿Qué proyectos tienen por delante?

Tenemos el CEB-01, que es nuestro primer producto. Es un principio simple: se basa en una biomembrana formada por nanofibras. Para que lo entienda: en el sector textil la unidad de medida es el micrómetro, que equivale a una milésima parte de un milímetro. Eso lo podemos ver con un cuentahílos. Pero en Cebiotex la unidad es el nanómetro, que es la millonésima parte de un milímetro. No la podemos ver si no es a través de un microscopio electrónico.

Entendido. Y, ¿qué hacen con tantas micras?

Tejemos una napa, que es como una especie de “boina” de tejido, con esos hilos tan finos. En ella encastamos cristales de producto quimioterápico. Usted sabe que cuando a una persona se la opera de un tumor, la principal preocupación es saber si ha quedado suficientemente limpia de células malignas. Y aunque pueda parecer que así es, no se puede estar del todo seguro.

Nuestra idea es asegurar que tras una cirugía no queden células malignas. Así que, en la herida que queda tras extirpar un tumor, depositamos esta membrana para que se adhiera como si fuera papel de fumar a la carne. Una vez revestido ese lecho, cerramos la herida. Y así sabemos que desde el primer minuto tras la intervención estamos haciendo una quimioterapia local y eficaz. Es un modo de liberar altas dosis de quimioterápico, pero sin toxicidad.

Es prometedor. Además, para quien vive procesos de quimioterapia eso puede resultar un gran descanso. ¿Es un sustitutivo de las sesiones de quimio?

No. Más bien es un complemento. Cuando hay un tumor sólido, la terapia habitual lleva a hacer una cirugía, a extirpar, a cerrar la herida y a destinar entre tres y seis semanas a cicatrizarla. Y, a partir de ese momento, comienza la radio y la quimio. Lo que nosotros hacemos es que esas tres semanas de cicatrización sirvan ya para hacer una quimio local. Nuestra hipótesis es que podríamos evitar la radioterapia, especialmente entre los niños. Y también que podríamos reducir las tandas de quimioterapia.

Este es un tratamiento que no existía hasta la fecha. Actualmente contamos con la colaboración de tres pacientes reales, reclutados en el Hospital de Sant Pau gracias al equipo del doctor López Pousa. En esas personas hemos visto que nuestra membrana tiene incluso mejores resultados que los que habíamos obtenido en los animales.

¡Caramba!

Tras extirparles un tumor abdominal del tipo sarcoma, a esos pacientes les hemos colocado la membrana y hemos visto que no han sufrido ninguna toxicidad, así que es como si no supieran que la llevan. Además, hemos visto que el producto quimioterápico se ha ido liberando en la sangre durante los 30 días siguientes, y que en los primeros 20 días ya se había liberado a niveles interesantes. En comparación, cuando lo hacíamos con animales, veíamos que el producto se había agotado completamente al cabo de 8 días. Así que hemos doblado la eficacia del fármaco.

Durante 40 días aplicamos una quimioterapia local de alta intensidad dirigida a machacar a las células malignas. Al primero de esos tres pacientes le encontraron células tumorales en la biopsia que le hicieron cuando acabaron la operación. Seis meses después de aquel momento sigue estando libre de la enfermedad. Es algo muy prometedor.

Mucho. Casi no tiene límite. ¿Cuáles son sus planes para seguir creciendo?

El gran problema que tenemos es el de la financiación. Corremos menos de lo que debiéramos. Y es el drama de nuestro país. Porque tenemos talento, pero se marcha fuera. Y a Cebiotex le pasará lo mismo, porque no tenemos forma de subsistir aquí. Pero, hasta el momento, hemos levantado más de 5 millones de euros. Ha sido gracias a la inversión de impacto y al crowdfunding.

¿Y la inversión privada?

No le interesa el proyecto cuando le hablas de niños. Incluso dentro de mi equipo tengo a quien me recomienda que ni los mencione cuando voy a buscar dinero inversor. Yo creo que hay que cambiar y evolucionar. Venimos de unos tiempos en los que lo importante era amasar dinero y bienes per se. Pero las nuevas generaciones romperán esa perspectiva, porque darán valor a la naturaleza, la salud y los niños.

Es que a veces el establishment es frio…

Al establishment financiero no le gusta el crowdfunding. Pero creo que democratiza las inversiones. Todavía no me he encontrado a ninguna persona particular a la que le importen un bledo los niños. Y todas se sorprenden cuando les digo que a los financieros no parecen importarles. La variable del impacto social no parece tenerse en cuenta en sus análisis.

Cuando un niño padece un cáncer, o se muere o queda amputado para el resto de su vida. Eso es terrible. Si Cebiotex puede ahorrarle amputaciones, vale la pena seguir luchando. A los señores que manejan nuestro dinero, eso no les entra en la cabeza.

Por eso optó por el crowdfunding y la inversión de impacto social.

En 2016 entré en contacto con Ship2Be y Xavier Pont. No sabíamos si levantaríamos el dinero necesario, pero lo hemos logrado. En la última ronda hemos levantado dos millones de euros en equity haciendo crowdfunding, casi desde mi casa. Y quienes han invertido están encantados de haberlo hecho. Porque creen en el valor del proyecto y porque les satisface ser parte de la solución de un problema que afecta a los niños. Los economistas pondrán esto en valor en el futuro

Tan afable como directo, Joan Bertran es, casi, un autodidacta de la técnica. Posee un don para la eficacia y otro don para gestionar talentos, recursos y tiempos. Es el responsable de una de las innovaciones más prometedoras en materia de cáncer infantil. Se crió en el Maresme (Barcelona). Estudió Ingeniería Textil con especialidad en el tejido de punto en Canet de Mar. Pasó media vida profesional trabajando en Jumberca, una de las mejores compañías tecnológicas del textil que jamás hayan existido en Catalunya. Se especializó en el i+d y aprendió a tratar con culturas diferentes de todo el mundo. De ahí aprendió a ser ejecutivo y directivo. Una triste experiencia cercana le hizo replantearse el sentido de su trabajo y le llevó a desarrollar y defender una innovación que puede salvar la vida de muchísimas personas, especialmente la de niños como Sara.

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