Boi Ruiz

Director de la Cátedra de Gestión y Políticas Sanitarias de la UIC

Afecto efectivo

©FeedbackToday/Nacho Roca

«No hay buenos o malos modelos sanitarios. Lo que sí hay son buenos o malos resultados»

Es “probable” que el coronavirus se convierta en una endemia y requiera nuevos enfoques, dice Boi Ruiz
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Hoy nos entrevistamos con un genuino experto, no solo por lo que sabe, sino por lo que investiga y por el modo en que lo pone en práctica. Profesor universitario, consultor, gestor y político, el Dr. Boi Ruiz nos atiende para hablar de modelos sanitarios, crisis pandémicas y evoluciones recientes.

Usted fue Conseller de Sanidad en la Generalitat de Catalunya (2010-2016). En momentos como el presente, ¿se alegra de no estar ya en la gestión política?

Cabe aclarar que yo no soy político, sino que me llamaron para dirigir la Conselleria porque aquel gobierno estimó a necesitaban a personas conocedoras de los problemas que se debían resolver. Yo provengo de una actividad profesional, la medicina y la salud, a la que volví cuando terminó mi etapa en política. Actualmente dirijo una consultoría propia que tiene proyectos en España, Latinoamérica y algunos países de Europa. También soy profesor universitario, en la Cátedra de Gestión Sanitaria y Políticas de Salud de la Universitat Internacional de Catalunya.

Igualmente dirijo el Instituto Universitario de Pacientes en la misma universidad. Creemos firmemente que, en materia de salud, hay dos actores que realmente importan: el personal y el paciente. En los últimos años, el paciente ha ganado cada vez más protagonismo. 

Es más, Cataluña es la única comunidad autónoma que tiene regulado el proceso de participación de los pacientes. Pueden dar su opinión, no vinculante, antes de que se tomen decisiones políticas importantes. A mi me correspondió firmar el decreto que constituyó ese consejo consultivo, que debe convocarse con cierta regularidad.

En materia de salud, hay dos actores que realmente importan: el personal y el paciente.

Y antes de toda esa experiencia política, académica y consultora, ejerció como médico.

Así es. Hice mi residencia en cirugía ortopédica y traumatología en el Hospital Clínic de Barcelona. Más tarde fui médico en diferentes hospitales de Cataluña: el de Palamós, el de Mollet, el municipal de Badalona… Ejercí, aproximadamente, durante unos doce o trece años. Hasta que me propusieron dirigir el Centro Hospitalario de Manresa y liderar un proyecto de unión de diversos hospitales. Eran los tiempos del plan de racionalización sanitaria de Cataluña. Así comenzó mi carrera como gestor.

Aunque también debo aclarar que una parte de la responsabilidad de esa carrera como gestor la tiene mi esposa. Ella fue directora de enfermería del Hospital de Palamós mientras yo dirigía el centro. Así que cada día cenábamos y comíamos debatiendo los problemas de la sección de enfermería. Ella también ha seguido por el camino de la gestión y, de hecho, fundamos juntos la consultora en la que ambos trabajamos.

Seguro que usted conoce bien los modelos de gestión sanitaria que hay por el mundo. ¿Hay alguno mejor que otro?

Antes de entrar en detalle le diré que no hay buenos o malos modelos sanitarios. Lo que sí hay son buenos o malos resultados. Lo que legitima un modelo son los resultados que proporciona, no el modelo per se.

En este sentido, digamos que en España y en Cataluña tenemos uno de los mejores modelos. Forma parte de la familia de los denominados “sistemas nacionales de salud”, que tienen inspiración nórdica y británica y que consisten en que todos los ciudadanos tienen derecho a una amplia cartera de prestaciones sanitarias. El gasto que genera la satisfacción de ese derecho se financia por parte de todos, a través de los impuestos.

En España y en Cataluña tenemos uno de los mejores modelos de gestión sanitaria.

Eso le quería preguntar… ¿Cómo se paga todo esto?

Todas las políticas sanitarias del mundo deben tener presente su propia sostenibilidad. Siempre que en una sociedad se cuente con suficientes recursos para cumplir con lo prometido y para soportar el coste de las prestaciones, el sistema será sostenible. Pero si nos comprometemos a ofrecer una cartera de servicios amplia y universal, ¿qué ocurre cuando los recursos son insuficientes para cubrir las necesidades?

Pues que habrá que intervenir en alguna cosa…

Así es. Tendremos que incidir en los costes. Y el coste de todo lo sanitario tiene dos factores fundamentales: uno es la partida de los recursos humanos, que asciende más o menos al 60% del total y que contempla los sueldos de profesionales, con alta capacitación que dedican muchas horas a trabajar. El otro es el coste farmacológico, que más o menos suma el 30% del total. En el 10% restante se encuentran las inversiones. El caso es que, si el dinero que se recauda no nos alcanza para pagar todo y no podemos bajar los salarios ni el coste de farmacia, entramos en un modo de racionamiento del servicio…

Si el dinero que se recauda no nos alcanza para pagar todo y no podemos bajar los salarios ni el coste de farmacia, entramos en un modo de racionamiento del servicio.

O sea, de listas de espera.

Como no se puede satisfacer el derecho de todo el mundo al mismo tiempo, no nos queda más remedio que poner a la gente en una cola y que lo que no se pueda pagar un ejercicio, se pase al siguiente. 

Créame si le digo que, en mayor o menor medida, este es un mal por el que pasan todos los sistemas de salud del mundo. Porque es el único elemento regulador que permite aguantar el sistema dada la financiación disponible.

Y ya no digamos si llega una crisis económica.

Pues es lo que sucedió aquí en 2010, y generó un agravante. Y vimos que tampoco podíamos aumentar más el tamaño de las listas de espera, así que ya solo nos quedaba bajar los salarios y el coste general del personal, así como poner todo tipo de racionalizaciones y filtros al gasto farmacéutico. Cuando un sistema sanitario pasa por estrecheces y hay que exprimirlo más, aparecen las tensiones.

Cuando un sistema sanitario pasa por estrecheces y hay que exprimirlo más, aparecen las tensiones.

Y las críticas a las personas que toman decisiones.

El President Artur Más me encargó que evitara el hundimiento del sistema. Y no se hundió. Pero tuvimos que bajar los salarios y el coste de farmacia y aumentaron las listas de espera. Llevamos unos 10 años colapsados en materia de gasto sanitario.

Esas políticas son siempre impopulares. La gente percibe que se les está recortando el derecho… ¿No habría algún otro enfoque posible?

En mi época como Conseller adoptamos un criterio de la OMS de 2010. Decía que no solo se trata de estar preparados y armados hasta los dientes ante la enfermedad, sino que también se trata de prevenirla y evitarla del mejor modo posible.

Cualquier política imaginable puede contribuir a la salud y a restar presión al sistema sanitario. Imagínese cuando un órgano político decide, por ejemplo, que es obligatorio llevar el cinturón de seguridad al conducir, o el casco al ir en moto, o que se prohíbe beber alcohol cuando se conduce. Sin duda ahí se está haciendo política sanitaria preventiva.

No solo se trata de estar preparados y armados hasta los dientes ante la enfermedad, sino que también se trata de prevenirla y evitarla del mejor modo posible.

Pero la “leyenda negra” acerca de la privatización de la sanidad en los últimos años sigue vigente.

Cuando me preguntan sobre esto siempre pido que me presenten una sola cosa que fuera privatizada durante mi mandato en la Conselleria de Salud… No hay ni una. Además, hay que tener presente que el modelo catalán es un modelo de servicio público. No se caracteriza porque los medios sean propiedad del estado, ni porque quienes prestan el servicio sean funcionarios. Un servicio público es aquella prestación que podría ofrecer el mercado, pero que no logra prestar eficazmente porque mucha gente queda discriminada. Es ahí cuando el estado interviene.

¿Tiene algún ejemplo, para entender mejor el concepto?

Claro. Piense en el taxi. Todos sabemos que es un servicio público. Si lo dejáramos al albur del libre mercado habría muchos más taxis y sería más complicado garantizar que los disponibles cumplieran con ciertas normas de seguridad y calidad. Así que el estado interviene en ese mercado y decide cuántos tiene que haber, qué tipo de vehículos deben ser, qué acreditación tiene que poseer el chófer y hasta la tarifa que deben cobrar. Pero el taxi no es propiedad del ayuntamiento, ni el taxista es funcionario.

En sanidad pasa algo parecido. Podemos intervenir el mercado como se haría en un modelo soviético, con todos los medios propiedad del estado y con los trabajadores funcionarios. Pero eso tiene sus rigideces y, además, no se da en ningún lugar del mundo. En cambio, si sabes que tienes a un operador que es excelente, ¿para qué querrá el estado cerrarlo y suplantarlo? No lo hace. Y es así como se plantea el modelo catalán.

Que no viene, precisamente, de una idea reciente…

Pues no. Cuando yo era Conseller, en el Parlament, un día me acusaron de quererme inventar un modelo. Tras presentarlo, la oposición me criticó de lo lindo. En mi réplica expliqué que el texto que había presentado pertenecía a la Ley de Bases de la Sanidad Catalana y Servicios Sociales, que había firmado Lluís Companys en 1934. Me parece que en este país necesitamos más lectura, porque de todo se opina y con mucha frivolidad… 

Yo he recibido críticas por querer, supuestamente, privatizar las cosas, cuando quien me criticaba no sabía ni de dónde veníamos… En Cataluña hay un hospital en cada capital comarcal, ya sea de titularidad municipal o particular… La Ley de Companys, muy inteligentemente, decía que si ya había un hospital privado previo, la Generalitat no iba a poner otro en su lugar.

Le pregunto ahora como consultor. La llegada masiva de las tecnologías de la información y la comunicación al mundo de la salud, ha provocado grandes cambios, ¿no le parece?

¡Todo ha cambiado mucho! Una de las cosas que más cambios han provocado las tecnologías es la capacidad de procesar la información. Antes ya teníamos mucha información, pero lo que ha cambiado es el tiempo que tardamos en analizarla. Cuando estaba de residente podía pasarme un año revisando historial por historial a cada paciente hasta encontrar lo que buscaba. Ahora el Big Data nos lo permite hacer en poco tiempo. La información no se convierte en conocimiento si no existe capacidad de procesarla.

Antes ya teníamos mucha información, pero lo que ha cambiado es el tiempo que tardamos en analizarla.

Y, una vez procesada, esa información se puede explicar a la gente.

Así es. En gestión pública estamos habituados a rendir cuentas de los procesos, pero muy poco de los resultados. Y la información mejor procesada nos ayuda a rendir mejores cuentas de los resultados. De hecho, nos obliga a ello. Le pongo otro ejemplo.

En gestión pública estamos habituados a rendir cuentas de los procesos, pero muy poco de los resultados. Y la información mejor procesada nos ayuda a rendir mejores cuentas de los resultados.

Venga.

Yo puedo ser un gobierno y decidir que hay que hacer un nuevo aeropuerto. También puedo hacer que se construya de manera impecable en cuanto a plazos, requisitos técnicos y ausencia de corrupción. Pero ese no es el resultado deseable. El resultado del que hay que hablar es si aterrizan o no aviones con gente dentro. 

En nuestra consultoría acabamos de presentar un trabajo que explica cómo se rinden las cuentas públicas de los resultados de la atención sanitaria en Europa. Y en España vemos que no existe un rendimiento de cuentas como tal, sino un informe del ministerio y, luego, lo que publican Cataluña y Madrid individualmente. En el caso de Cataluña hay una central de resultados que, sin querer ponerme medallas, nació de mi tesis doctoral, publicada mucho antes de tener responsabilidades públicas. 

Además de para reportar la información, la tecnología también ha cambiado la relación entre paciente y profesional.

Sí, pero hay un factor humano que nunca podemos desestimar. Quienes hemos dado atención clínica sabemos que el enfermo quiere que le toquen, no solo físicamente, sino también afectivamente. La tecnología y la cultura de la pantalla deben ser complementarias al trato personal, no sustitutivas del mismo. 

Ni la inteligencia artificial ni la robótica serán sustitutos de la inteligencia convencional, que alimenta a ambas. Y se lo dice uno que fue operado por el robot Da Vinci… Vivimos en una revolución que no debe romper el modelo afectivo-efectivo, como lo llamamos. La persona tiene que sentirse tratada con afecto por el sistema que le trata, porque así será más efectiva la política sanitaria.

La persona tiene que sentirse tratada con afecto por el sistema que le trata, porque así será más efectiva la política sanitaria.

Con la información de la que disponemos, ¿usted cree que las pandemias van a ser una constante en los próximos años?

Escribí un artículo en El Mundo sobre este tema. Decía allí que los países europeos habíamos cometido un pecado de soberbia. Al principio todos oímos hablar de la pandemia en China y veíamos cómo tuvieron que construir hospitales rápidamente porque la enfermedad les pilló sin ellos. Nosotros creíamos que en España y Europa teníamos un sistema sanitario robusto, sin tener en cuenta que una pandemia es algo que tiene unas enormes dimensiones. Cada siglo ha tenido su pandemia, y en el siglo XXI deberíamos haber aprendido de ello y realizado planes de contención inicial.

Lo más probable es que el coronavirus evolucione hacia una endemia, es decir, que siempre exista una parte de la población que lo padezca. Tenemos un patógeno que tiene que vivir y reproducirse sobre el ser humano, que es su propio vector. Si logramos contenerlo con vacunas el virus se irá a atacar al más débil, que será quien no esté vacunado. Y si algún día estamos todos vacunados, el virus mutará para que la vacuna no le resulte tan efectiva. Por tanto, creo que hay que hacer todo tipo de planes de contingencia sabiendo que esto podrá desembocar en una endemia. Y no solo hay que investigar en vacunas, también en tratamientos. 

Médico, doctor cum laude por la Universidad de Barcelona y Diplomado en Gestión Hospitalaria por la Escuela de Alta Dirección y Administración de Barcelona. Boi Ruiz ha sido médico clínico, gestor, directivo del sector sanitario, académico, consultor y gestor público. Autor de numerosos artículos, estudios y trabajos dedicados a la planificación sanitaria, la gestión de centros y servicios sanitarios y a las políticas de salud. Promovió la Organización Española de Hospitales y Servicios de Salud, y fue consejero de Salud de la Generalitat de Catalunya entre 2010 y 2016. Actualmente dirige la Cátedra de Gestión Sanitaria y Políticas de Salud, y el Instituto Universitario de Pacientes, en la facultad de Medicina de la Universitat Internacional de Catalunya (UIC), en la que también dirige un máster en Gestión Sanitaria. También codirige el Máster de Dirección y Gestión Sanitaria de OBS, además de ser profesor en la Universidad de Barcelona y la Europea de Madrid – SEDISA. Junto a su esposa fundó y dirige la consultora Know How Advisers.

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