Rafael Lobeto

Secretario General de la Fundación Philippe Cousteau

Erik el Rojo

©FeedbackToday/Mireia Gimeno

«El Salvamento Marítimo que creamos hace 30 años ha salvado 500.000 vidas, pero lo están desmontando»

Rafael Lobeto describe en su libro los desafíos actuales de la seguridad en actividades marítimas
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Aprovechando la presentación de “Salvamento Marítimo: mar y vida en España” en Barcelona, entrevistamos a Rafael Lobeto, que fue director general de Marina Mercante durante 6 años.

¿Cuál es su formación?

Soy capitán de Marina Mercante. También soy abogado maritimista y funcionario del Estado en el máximo nivel. Y comencé mi carrera funcionarial aquí en Barcelona.

Quizás aquí se enamoró del Mediterráneo. ¿Por qué eligió la mar como profesión?

¿Sabe por qué los asturianos llamamos “Picos de Europa” a esas montañas? Pues porque se ven desde la mar. Soy originario de una zona presidida por la montaña sagrada del Sueve, donde se encontraban los caballos asturcones, con los que nos enfrentamos a Roma, aunque aquello fuera un disparate conceptual, porque Roma suponía la cultura para todos. Allí hay tradición de marinos. Es más, casi todo el pueblo dependió de un marino, marqués para más señas, que luchó en Sicilia, al lado de los catalanes.  

Eso fue en el Medievo, claro. También ayudó usted a democratizar el sindicalismo en la marina mercante durante la Transición. 

Soy como Erik el Rojo. Luché junto a los pioneros de esa época. Y Barcelona ocupa un lugar muy importante en toda esa historia. Delante de la Estación de Francia, la gente del PSUC y nuestros colegas catalanes, me movilizaron para crear el Sindicato Libre de la Marina Mercante, el único unitario de nuestra historia, porque la guerra estaba todavía muy cercana y los socialistas y los comunistas no trabajaban juntos nunca.

En aquellos años, las condiciones de trabajo en el sector eran monstruosas, de una indignidad absoluta. Y los marinos catalanes, asturianos, gallegos y andaluces paramos la flota y contribuimos a crear convenios y condiciones dignas. 

Delante de la Estación de Francia, la gente del PSUC y nuestros colegas catalanes, me movilizaron para crear el Sindicato Libre de la Marina Mercante, el único unitario de nuestra historia.

Menos mal.

Más o menos cuando llegué a Barcelona, las Cortes Franquistas realizaron uno de sus últimos actos. Concretamente, la creación de un Colegio. Y las opciones estratégicas eran evidentes: o ese Colegio lo poseían los enemigos o lo tenían los amigos. Los marinos de entonces no dominaban tanto el aspecto legal, así que me llamaron y me convertí en el jefe de la asesoría jurídica del Colegio. Yo mismo legalicé el Sindicato, que resultó ser el tercero de España tras Comisiones Obreras y la Unión General de Trabajadores. Posteriormente interrumpí mi carrera funcionarial.

¿Y a qué se dedicó?

Apoyé al Colegio en sus inicios. Más tarde retomé mi carrera unos años más hasta convertirme en subdirector general de la Marina Mercante. Todas las Casas del Mar de Catalunya, o los centros de formación integrada dependieron de mí. Hoy en día todo esto se ha perdido, lamentablemente. Creo que hemos ido para atrás en muchos sentidos.

En paralelo a ese proceso, durante años se produjeron muchísimos accidentes en las costas gallegas, vergonzosos todos ellos. Finalmente, en 1989, el Gobierno me llamó para proponerme ser el director general de la Marina Mercante. Antes de aceptar, planteé una pregunta decisiva.  

En 1989, el Gobierno me llamó para proponerme ser el director general de la Marina Mercante.

¿Cuál?

Por aquel momento, la legislación portuaria y marítima estaba más que confusa. Era digna de los tiempos de Colón: algo vergonzoso. Aquello era una prueba de la insensibilidad de todo el país hacia lo marítimo. Pregunté si mi nombramiento era para arreglar todo aquello. Y el ministro del momento, que era una persona honrada a la que conocía de mi etapa sindical, me dijo que sí. Y dediqué día y noche a tratar de cambiar el mundo marítimo… Piense usted que, todavía en aquellos años, las mujeres estaban prohibidas en la Marina Mercante. Eso había que cambiarlo.

Por aquel momento, la legislación portuaria y marítima estaba más que confusa. Era digna de los tiempos de Colón: algo vergonzoso.

¡Qué barbaridad!

Pero no era algo que se pudiera derogar de un plumazo. El caso es que todo respondía a intereses ocultos, a elementos de desestructuración cultural, incluso a la corrupción… Yo pedí que la nuestra fuera una de las primeras áreas del Estado en digitalizarse, tras el Gobierno y Moncloa. Porque, aunque no pudiéramos eliminar la corrupción del todo, por lo menos la podíamos reducir sustancialmente.

Años después descubrí que había quien cobraba por venir a verme. Yo no podía imaginarme que hubiera tantos enemigos de la transparencia, el medio, la mar, la vida. Por eso cree Salvamento Marítimo Español.

No podía imaginarme que hubiera tantos enemigos de la transparencia, el medio, la mar, la vida. Por eso cree Salvamento Marítimo Español.

Precisamente de ello habla su libro. ¿Es su obra un compendio de su vida?

Especialmente en lo referente al Salvamento. Hubo en aquel tiempo otras necesidades de tipo económico, orgánico… Por ejemplo, lo militar y lo civil se confundía mucho y tuve que dedicar mucho tiempo a clarificar los límites de lo uno y lo otro. Éramos un desastre.

¿Estábamos protegidos ante la piratería, por ejemplo?

Yo cree las Capitanías Marítimas, porque no las había. Lo que existía anteriormente se encontraba en esa confusión que le mencioné. Pero eso no significó que quitara de la ecuación a los militares. Todo lo contrario.

Un amigo marino me conto lo dura que era su vida familiar. ¿Sigue siendo una profesión vocacional?

Mi caso, por ejemplo, es vocacional: en mi casa no había nadie que se dedicara a esto. Imagínese pasarse encerrado un año en un barco, sin ver a su familia, interactuando solo con 15 personas. Uno no puede ir a ninguna parte, ni con la familia, ni a un museo o a un entretenimiento…

En parte, por eso me hice abogado y funcionario: para poder ser libres. Toda la lucha profesional que le he contado hasta aquí nos ayudó a disponer de 4 meses en tierra. Antes de eso, si uno desembarcaba, no podía volver a embarcar hasta pasados unos meses. Además, en tierra, había fusileros reales amenazando para que nadie se pudiera escapar… Eso era inaceptable.

¿Es muy distinta la vida del marino mercante que la del pescador de altura, por ejemplo?

La vida marítima es la misma para todos, claro. Pero en la mar, la regla general es lo peculiar y lo específico es la regla. No es lo mismo ser un pescador de l’Escala, que el que pilota la barcaza que lleva los turistas por la costa. Son dos negocios diferentes. Tampoco es igual pescar ballenas, o repartir gas con un buque, o pilotar el ferry a Mallorca. En marina, cada cuestión es un mundo.

La humanidad está dejando el mar hecho trizas. Serrat lo canta a veces.

Ya no quedan peces ni corales, y el mar se está envenenado con los microplásticos. Es imperdonable y debería preocuparnos mucho, porque no es ninguna broma lo que le estamos haciendo al mar. La tesis de mi libro es la de crear guardacostas que ayuden con eso. Pero me temo que todo va en dirección contraria… El Salvamento Marítimo que creamos hace 30 años ha salvado 500.000 vidas, pero lo están desmontando. 

Por otra parte, cuando cita usted a Serrat, sepa que le han hecho doctor honoris causa en una universidad de Costa Rica. Y que le he acompañado muchas veces a lo largo de mi vida. Sin su música seríamos más tristes e incultos. 

Ya no quedan peces ni corales, y el mar se está envenenado con los microplásticos. Es imperdonable y debería preocuparnos mucho.

¿Cómo ve usted iniciativas como la de Open Arms?

A mi modo de ver, el Estado debe ser quien evite que no haya ninguna persona que se tenga que tirar al mar con sus hijos para evitar morir de hambre. Así que, si hay espacio para la solidaridad es porque el sistema no funciona. Por tanto, no puede ser que la política europea de fronteras deje huecos a la solidaridad y a la protección de la vida en el mar.

Una vez dicho esto, si alguien quiere ayudar por filantropía, que no por negocio, bienvenido sea.

El Estado debe ser quien evite que no haya ninguna persona que se tenga que tirar al mar con sus hijos para evitar morir de hambre.

¿Más allá de sus libros, en qué proyectos anda usted actualmente?

Estoy tratando de bajar ciertos sueños a la realidad. Uno es que Cadaqués, el pueblo de mi amigo Roger Figueras, albergue una sede mundial de referencia de la Fundación Philippe Cousteau. Otro es que nadie se muera en el mar. Y otra es que los niños puedan hacer submarinismo en Palamós, con referencias al propio Cousteau.

Estoy jubilado, pero dedico la mayor parte de mi tiempo a promover estos valores y quiero que los niños y niñas amen el mar y nos ayuden a evitar su destrucción. También quiero que exista mayor presencia femenina en estos ámbitos. No quiero volver a ver a mi país en la oscuridad. Más bien quiero que seamos un modelo para todo el mundo.

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Rafael Lobeto es asturiano y amante vocacional de la profesión marítima. Capitán de Marina Mercante, abogado maritimista e impulsor, durante la Transición, de las mejoras sindicales necesarias para dignificar la profesión, llegó a dirigir la Marina Mercante Española entre 1989 y 1995. Es secretario general de la Fundación Philippe Cousteau y poseedor de la Gran Cruz del Mérito Naval y la Cruz Oficial de la Orden del Mérito Civil por todos los cambios y mejoras que impuso durante su gestión. Entre ellas, la creación del Salvamento Marítimo Español, que ha salvado 500.000 vidas durante 30 años. Actualmente se encuentra presentando su libro “Salvamento Marítimo: mar y vida en España”.

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