Estoicismo nipón
Por Eduard Berraondo

2011-03-15
El pasado 12 de marzo, en el archipiélago japonés tuvieron lugar una serie de catástrofes que se fueron siguiendo unas a otras. Hace ahora seis décadas y media cuando Japón sufrió el efecto devastador caído del cielo por el Enola Gay, en Hiroshima, y ahora vuelve a sumirse en el pánico nuclear a causa de un terremoto mil veces más poderoso que el que devastó Haití, y seguido de un tsunami terrorífico y parecido al que asoló las costas indonesias y tailandesas en diciembre de 2004. Ahora, mientras escribo estas líneas y por si fuera poco, los 132 millones de japoneses viven bajo la amenaza de la radioactividad, lo cual está alarmando a todo el Mundo.

Hay que tener en cuenta que ha sido Japón quien, en estos últimos años, se ha destacado como el país más preocupado por desarrollar métodos fiables de lucha contra la amenaza nuclear, aunque probablemente, tenga sus razones ya que posee cincuenta centrales nucleares y un promedio de terremotos superior a cualquier otra zona geográfica del globo terráqueo. Tiene sentido que haya centrado gran parte de su investigación y su esfuerzo en desarrollar sistemas operativos ante la alarma nuclear.

Se dice y se oye que el pueblo chino se caracteriza por su paciencia, de ahí que muchos chistes relacionen esa virtud a dicha cultura. Pero, si hay que vincular alguna cultura al estoicismo, ese sería el espíritu Samurai de los nipones. Esos rostros de ojos oblicuos y entristecidos han aparecido ante nosotros constantemente en los últimos días, y no deja de sorprender la capacidad de afrontar tal desgracia con ánimo aparentemente imperturbable. Ese es el ánimo que llevó a Japón a levantarse tras la Segunda Guerra Mundial, que ha llevado al Imperio del Sol Naciente a ser la tercera potencia económica del Mundo, a ser la primera potencia tecnológica universal. Son los japoneses quiénes plantean en el ambiente ese ánimo y esa disciplina, obediencia y respeto a los demás, lo que les lleva a no perder el tiempo en gritos y lamentos y a ponerse manos a la obra.

Una lección de la que deberíamos tomar buena nota en Occidente.