Economista | Catedrático UPF

Prof. Guillem López Casasnovas

Letras y números

"Para la cohesión, es más tolerable cierta desigualdad que una total polarización" 

 
López Casanovas encarna al académico de la economía que prefiere “arremangarse” antes que teorizar

Martes, 17 de Marzo de 2020
El profesor Guillem López Casasnovas es una referencia internacional en el campo de la economía del sector público. Miembro del grupo fundador de la Universitat Pompeu Fabra, nos cuenta sus experiencias como asesor de los principales ámbitos políticos.
 
“No soy optimista en cuanto a los Objetivos de Desarrollo Sostenible, pero no me dejo llevar por la desilusión de no cumplirlos, sino por la ilusión de que hay que hacer algo”
 
“Como economista, nunca he sido de los que quieren especular sobre cómo se deberían hacer las cosas (o cocinar los platos), sino que he preferido entrar en la cocina, arremangarme y condimentarlos yo mismo”
 
“Conozco mis limitaciones. He de poder decir lo que pienso. Va con mi carácter. Todo lo que sean filtros forzados no me va”
 
“En las tres áreas de especialización en las que me muevo he sido testigo de las deficiencias del sector privado”
 
“En la terminología anglosajona, cuando se habla de una ‘escuela pública’ se suele hablar de una escuela abierta a la participación de los padres. En cambio, ellos hablan de ‘State School’ para referirse a lo que aquí denominamos ‘escuela pública’”
Usted es un gran especialista en la economía del sector público. 
A lo largo de los años me he ido moviendo de la economía teórica a la economía aplicada. Como economista, nunca he sido de los que quieren especular sobre cómo se deberían hacer las cosas (o cocinar los platos), sino que he preferido entrar en la cocina, arremangarme y condimentarlos yo mismo. 
 
He trabajado en diversos ámbitos de la economía pública. En el de la regulación, fui durante 12 años consejero de gobierno del Banco de España. Allí viví en primera persona las políticas públicas relativas a la solvencia y a la liquidez de nuestro sistema financiero. En el sector sanitario, he conocido en detalle las realidades de España y de Catalunya y he aconsejado a diez ministros distintos del ramo.
 
De todos los colores.
De todos. Actualmente sigo ayudando. También he dedicado años a un tercer ámbito, el de la concertación educativa. Escribo y elaboro ideas desde hace tiempo y, actualmente, participo en el Pacto contra la Segregación que ha impulsado Rafael Ribó, el Síndic de Greuges de Catalunya.

En España siempre se ha valorado socialmente mucho la sanidad y muy poco la educación. ¿Tiene alguna explicación?
Lo primero es que debemos separar la educación superior, de donde salimos muy bien parados, de la primaria y secundaria. Lo más fácil es culpar a la estructura o a los cambios de leyes, pero yo soy crítico con los profesionales, nosotros mismos. Veamos, simplemente, cómo han evolucionado los estudiantes que tenemos en las aulas y cómo hemos evolucionado nosotros como docentes.
 
Los estudiantes han evolucionado mucho en los últimos años. 
Nosotros, los docentes, nos formamos, hicimos oposiciones, nos pusimos a dar clase… Pero, sin darnos cuenta, los años pasaron y las generaciones también. La relación que había entre un profesor y un alumno, es distinta a la que hay hoy en día. 

En la universidad donde imparto, la Pompeu Fabra, podemos decir que tenemos a lo mejor de lo mejor de los estudiantes. Han venido ya cribados y tendríamos que hacerlo muy mal para estropearles. Aunque quisiéramos, no lo podríamos hacer. En cambio, en la educación primaria, lo que viene es tan difícil que, si no te ajustas, es muy fácil que lo estropees.

Ahí es donde algunos dicen que las soluciones privadas son mejores que las públicas, y al revés.
La disyuntiva es interesante. Para bien o para mal, más de la mitad de la riqueza que mueve un país está influenciada por las instituciones públicas, la mano visible. En cambio, la mayor parte del sector académico, en investigación económica, está muy volcada a estudiar el concepto y la supuesta grandeza de la mano invisible de Adam Smith, es decir, del sector privado.

¿Y usted qué opina?
En las tres áreas de especialización en las que me muevo he sido testigo de las deficiencias del sector privado. Desde el Banco de España viví la crisis. En el campo de la sanidad, pienso que es necesario encontrar una manera de coordinarla mejor con el sector público. En cuanto a la educación…
 
¿Qué sucede ahí?
Que cada línea tiene una tradición de concierto muy importante, o de provisión pública. Esto nos da indicios de desigualdades como la segregación, las derramas, los pagos colaterales. Yo siempre digo que, para la cohesión social, es siempre más tolerable un cierto grado de desigualdad que una total polarización.
 
Suena incómodo, pero parece cierto.
Pero esa desigualdad debe distribuirse homogéneamente entre toda la población. Verá, si la sociedad no acepta los conciertos y se ponen en el nivel del “estás conmigo o contra mí”, llega un punto en el que la gente se dualiza y no se da la mano, sino la espalda. La polarización es peor que la desigualdad. Antes soy partidario de convivir con la desigualdad, obviamente aminorándola todo lo que se pueda, que de forzar a la sociedad a que tenga que pronunciarse en favor de la pública o la privada.

Además, conceptos como los conciertos, la sociedad civil, la involucración, nos muestran la idea de que lo público no es lo del Estado, sino lo de la sociedad.
 
¿Y qué diferencia hay?
En la terminología anglosajona, cuando se habla de una “escuela pública” se suele hablar de una escuela abierta a la participación de los padres. En cambio, ellos hablan de “State School” para referirse a lo que aquí denominamos “escuela pública”.

Parece como si la educación concertada tuviera mejor imagen que la pública. Y, al revés, que la sanidad pública tuviera mejor imagen que la privada. ¿Es así?
En la sanidad, tenemos un mecanismo clave que es el del aseguramiento complementario. Marca la relación entre lo público y lo privado. Todos tenemos derecho a la sanidad pública, pero si alguien quiere algo distinto, o va a una aseguradora, o lo paga de su bolsillo.
En la educación esto no funciona así. Las escuelas concertadas son financiadas por las consejerías autonómicas, incluso sus nóminas. En cambio, en lo que difieren de las escuelas públicas es en la manera de actuar de sus profesores. Aunque esto se encuentra muy matizado por la población a la que sirve cada centro.

¿Qué significa?
Si un centro tiene una población de elevados estándares (pongamos por caso: hijos inteligentes de padres inteligentes), siempre procurará que su oferta tenga un estándar elevado. Si llega una demanda nueva de, digamos, personas menos cultivadas, o con problemas de integración social, o dificultades lingüísticas, entonces se puede generar un efecto de regresión en el nivel, porque la escuela tendrá que adecuarse a esa nueva demanda. 

Esto puede marcar diferencias. Si una escuela está en un barrio pudiente al que solo puede acceder gente brillante, esa escuela tendrá un nivel mejor que el del barrio de al lado.
Además, en el ámbito educativo es tan importante lo que sucede intramuros que extramuros. Aunque el esfuerzo se concentra únicamente en lo que sucede dentro del centro escolar, que es allí donde llega la mano del sector público. En cambio, en la sanidad, la actividad intramuros lo es todo. Lo que hacen en el espacio asistencial, ambulatorio u hospital es decisivo. Lo que hagas en tu casa es complementario. 

Se escuchaban sus consejos, en su etapa de consejero del Banco de España.
Como le dije, preferí tomar una posición activa y no ver los toros desde la barrera. En parte, porque quería ayudar a los estudiantes. Veo en ellos un gran interés por estudiar el sector privado, pero poco interés en estudiar las regulaciones y las políticas públicas. Por eso entré en el Banco de España.
 
Allí conocí a tres gobernadores, cada uno con un talante distinto. En tiempos de Miguel Ángel Fernández Ordóñez presencié el mayor grado de confrontación. Él consideraba que la política económica del ministro de turno no era la apropiada. Y lo vivimos muy mal. El gobernador comenzó a entrar en áreas que no eran propias del Banco, como eran las reformas laborales o los cambios estructurales de la economía. Insistía en que el gobierno se lo miraba con parsimonia y que, si no entraba, las cosas iban a empeorar. Decía que “si no quitas del cesto la manzana podrida, te pudrirá todas las demás”.
 
¿Y cómo acabó?
El Banco Central Europeo tomó las riendas de todo. Y tuve un sentimiento de alivio, porque a partir de entonces ya sabía quién iba a tener el control. Esto ya sucedió con Luis María Linde y las disputas internas, que estaban enmarañadas políticamente, ya no tenían más recorrido.

Usted pudo haber sido un gran gurú mediático de la economía. Pero decidió no serlo. ¿Por qué?
Conozco mis limitaciones. He de poder decir lo que pienso. Va con mi carácter. Todo lo que sean filtros forzados no me va. ¿De qué me honro? De que cuando tengo un alumno de doctorado en fase depresiva (es decir, cuando cree que su trabajo no vale para nada), le doy cuerda para revigorizarlo. Y cuando está sobrado (es decir, cuando cree que ha descubierto la frontera del conocimiento) le doy un cachete. Lo mismo me lo aplico a mí mismo.
 
No he querido tener presencia en lugares fáciles. Llevo 10 años publicando un artículo cada mes en 4 periódicos de signo distinto: el Ara, el Avui, El Periódico y La Vanguardia. Es uno por semana. De vez en cuando, me asomo a El País. Y en función de donde creo que el lector puede recibir más provecho, es donde publico una idea u otra.
 
Cada lector elige un periódico distinto.
En la prensa más orientada al soberanismo sugiero repensar los límites de lo que se puede y no se puede. Y en los ámbitos menos soberanistas, hago la lista de las cosas mejorables. Si alguien me dice que algo va muy mal, entonces saco la lista de cosas que van bien y que valen la pena. Si alguien me dice que esto va a tope, le saco la lista de cosas manifiestamente mejorables. Creo que esto es poco compatible con ser gurú.
 
Más bien parece el papel de un mediador.
Yo tengo las manos libres. Si alguien quiere contactarme, que lo haga. Pero no me voy a poner en la cola de nada. También tengo una edad y mis registros están más en una segunda línea de protagonismo. Pero sigo en muchos foros muy transversales que se desconocen (y que prefiero no decir, por no alardear) y ofrezco muchas segundas opiniones. Ya sean de derechas, de centro y de izquierdas. Pero no quiero protagonismo, porque lo que pudiera decir perdería virtud.
 
Ni hablar de redes sociales, entonces.
No. Ni Twitter, ni nada. Lo que escribo, lo publico en periódicos o lo pongo en la web del Centro de Investigación en Economía, que creé hace 25 años. Y también allí coloco mis policy papers, que son una especie de vómito de lo que me apetece decir. No son artículos científicos y sé que no me darán el premio Nobel por ellos, pero tienen su seguimiento.
 
Usted rompe con la imagen tradicionalmente asociada a un catedrático: alguien sabio, pero adusto y poco asequible.
Bueno, tampoco es mi perfil. En ciencia económica existen disonancias entre quienes son como “torres de marfil”, a quienes no se les entiende ni por lo que dicen o escriben, ni se les cita, aunque publiquen y tengan reconocimiento, y los que estamos más al cabo de la calle. Estos últimos tenemos una visión más abierta y comprensiva de que hay vida inteligente más allá de la economía.
 
Última cuestión: los Objetivos de Desarrollo Sostenible. ¿Cree que se van a alcanzar?
Entiendo que haya que poner la zanahoria y que miremos más allá de lo que tenemos delante. Colaboro con Naciones Unidas y también en las iniciativas 2030 del Ayuntamiento de Barcelona y de la Generalitat. Pero soy escéptico. Recuerdo la campaña de “Salud para todos” en el año 2000. Y sé que la OMS tiene una definición de “salud” que es lo más próximo que existe a la definición de un orgasmo: algo perfecto. Pero no me dejo llevar por la desilusión de no cumplirlo, sino por la ilusión de que hay que hacer algo.