CEO de Mind the Byte

Alfons Nonell

Computando proteínas

“Cuando estoy en familia o descanso, mando las moléculas a molestar a otro”


Mind the Byte combina la química computacional y la inteligencia artificial para optimizar el desarrollo de fármacos

Lunes, 23 de Julio de 2018
Aunque empezó trabajando desde su casa, Alfons Nonell ha logrado, en solo siete años, levantar un proyecto internacional y muy prometedor para toda la industria farmacéutica.

"Comencé solo, como una micro-consultoría. En mi pisito de Barcelona no había suficiente espacio como para instalar una supercomputadora y decidí trabajar en la nube"
 
"No todos los medicamentos que existen en el mercado actual han pasado por aproximaciones como las nuestras"
 
"El modelo de negocio farmacéutico está cambiando en muchos sentidos. Las clásicas “big pharma”, en vez de empezar con un producto de cero, buscan investigaciones en curso y las compran"
 
"Con las restricciones económicas que hay, algunas enfermedades no tienen solución, ya sea porque son muy complicadas, o porque afectan a regiones del mundo en donde no hay recursos para comprar posibles medicamentos o porque el número de personas afectadas es muy bajo"
 
"Si en Mind the Byte podemos optimizar el coste de llevar un medicamento al mercado, podremos contribuir a hacer que ciertas enfermedades que no tienen remedio puedan tenerlo"
 
"Combinando la química computacional clásica con la inteligencia artificial cubrimos muchas más fases del proceso de desarrollo de fármacos que nuestros competidores"
 
"Tengo ganas de vacaciones, aunque siempre dicen que los emprendedores nunca tienen ganas… ¡anda que no!"
Su actividad es muy específica. ¿De qué trata?
Se lo resumiré mucho. En Mind the Byte desarrollamos tecnología, a partir de la inteligencia artificial, para optimizar el desarrollo de fármacos. Llevar un medicamento al mercado es un proceso muy largo: comienza un día con el desarrollo de una posible molécula o proteína y concluye al cabo de 20 años con una inversión realizada de entre 1.000 y 1.800 millones de dólares en promedio y con un riesgo brutal. Nuestra tecnología hace que este proceso mejore: hacemos predicciones que ayudan tanto al académico que se encuentra en la fase inicial de la investigación como a la empresa de biotecnología que quiere saber si la molécula es útil o no. Esto, por un lado…

Hábleme del otro.
También trabajamos en la nube, en el “cloud”. Es una idea paralela al origen de la compañía. Fundé Mind the Byte desde casa, basándome en la química computacional clásica, que requiere de supercomputación. Naturalmente, en mi pisito de Barcelona no había suficiente espacio como para instalar una supercomputadora y decidí trabajar en la nube. Alquilaba los servicios de un proveedor externo para hacerlo posible. Cuando InKemia se integró como socio industrial al proyecto, lo aprovechamos como algo diferencial de nuestra actividad. Nadie más lo hacía así. Nos especializamos en el uso de la nube para hacer nuestro trabajo. La ventaja de esto es que nuestro cliente final no tiene que comprar servicios de supercomputación ni licencias.

Simplemente, acude a nuestra plataforma y paga por el uso que hace de ella. Es una manera de ofrecer un “software as a service” (SaaS) que nos hace distintos de la competencia. Otra cosa que nos diferencia es la combinación que ofrecemos de química computacional clásica con inteligencia artificial: podemos cubrir muchas más fases de ese largo proceso de desarrollo de fármacos que nuestros competidores.
 
Dominan un gran conjunto de datos. Todo el mundo habla del “big data” últimamente. 
Hay un artículo publicado en Nature, en 2014, en el que se dice que la clave para optimizar el desarrollo de fármacos y remedios a enfermedades pasa por la gestión de los datos.  Hasta el momento, las empresas del sector estudiaban una proteína o una molécula mediante un ordenador, que permitía ver, de manera virtual, cual era la colocación óptima de esa molécula. Nosotros, en cambio, podemos tomar un conjunto de 700-800 proteínas y probar todas las moléculas imaginables: las que funcionan y las que no, y hacemos nuestros ensayos. De aquí obtenemos muchísima información. De manera que, cuando se nos presenta un nuevo problema, tomamos esa información y la utilizamos para validar nuevas hipótesis. 
 
Pura gestión de datos.
Cuando trabajamos, por ejemplo, para averiguar si una molécula va a ser tóxica o no, la aproximación clásica nos hacía ir “tocando” una serie de proteínas concretas. La aproximación actual nos permite hacer lo mismo, pero comparándolo simultáneamente con todas las moléculas y efectos que se conocen hasta ahora, incluso por segmentos de población. Digo que es inteligencia artificial, pero es una forma de estadística avanzada, aunque no puedo definirlo así porque los matemáticos me van a matar…
 
Hace unos días conversábamos con la doctora Laura Soucek, que nos contaba el largo proceso que siguen en su compañía para desarrollar un fármaco. ¿Todos los fármacos pasan por el mismo filtro?
No todos los medicamentos que existen en el mercado actual han pasado por aproximaciones como las nuestras. El uso de química computacional en la industria de los fármacos existe, como mucho, desde hace quince años. Por lo tanto, no hay muchos medicamentos que hayan pasado por ella. Pero cada vez hay más empresas que la utilizan, porque ven que pueden ahorrar muchos costes en los diversos procesos de desarrollo. Imagínese que tras 4 ó 5 años de fase pre-clínica se te cae un proyecto por un error o un defecto que hubieras podido prever en la fase anterior…
 
Seguro que conoce algún caso.
El de un laboratorio que tiene un antiinflamatorio que lanzó hace unos años como algo muy novedoso, dirigido a la gente mayor, porque no tenía efectos secundarios. Lo sacaron al mercado y generó unos 900 millones de dólares en ventas. Pues bien, la investigación para llevar ese medicamento al mercado había costado unos 2.000 millones. Y, además, una vez puesto a la venta, se encontraron con casos muy puntuales de muertes, de manera que tuvieron que aprovisionar mucho dinero para posibles demandas y, finalmente, les costó 4.000 millones. Todo eso para generar ingresos por valor de 900. A día de hoy, si hubieran hecho un pequeño estudio computacional con esa misma molécula hubieran detectado enseguida que tenía posibles efectos tóxicos para el corazón. En los ensayos clínicos eso no se vio, porque siempre se trata de una muestra pequeña de la población. Pero cuando saltas a grandes poblaciones, te encuentras con cosas que no te esperas.
 
Con esas cifras mastodónticas y la gran cantidad de años para ver si un fármaco es viable, uno piensa que muy pocas empresas en el mundo son capaces de producir uno.
Le cuento dos cosas en relación a esto. En primer lugar, que el modelo de negocio farmacéutico está cambiando mucho en muchos sentidos. Por ejemplo: las clásicas “big pharma” (grandes compañías farmacéuticas) que lo hacían todo han demostrado ser un modelo caducado. Siguen habiendo de esas empresas inmensas, pero ahora, en vez de empezar de cero, en la mayoría de las ocasiones buscan investigaciones ya en curso, en empresas pequeñas o en universidades, y las compran. Así, por ejemplo, compran una molécula que ya se encuentra en una fase clínica. 
 
¿Y la otra cosa que me quería decir?
Pues que hay un problema social con el modelo farmacéutico actual. No voy a criticarlo, porque también entiendo que tiene cosas buenas, pero lo cierto es que con las restricciones económicas que hay, algunas enfermedades no tienen solución, ya sea porque son muy complicadas, o porque afectan a regiones del mundo en donde no hay recursos para comprar posibles medicamentos o porque el número de personas afectadas es muy bajo. Una de las misiones de Mind the Byte es ayudar a solucionar esto desde nuestra modesta aproximación: si podemos optimizar el coste de llevar un medicamento al mercado, creemos que podremos contribuir a hacer que ciertas enfermedades que no tienen remedio actualmente puedan tenerlo. Porque a veces la causa es un tema económico. 
 
Un objetivo ambicioso y a la vez modesto.
Así es. Le cuento un ejemplo: ahora mismo estamos colaborando con el Instituto de Investigación Josep Carreras para trabajar con potenciales moléculas que luchen contra la leucemia infantil, que es una enfermedad huérfana de tratamiento hasta ahora, porque no afecta a muchas personas y, por tanto, no tiene un mercado suficientemente grande. Así que sería difícil que, siguiendo la aproximación clásica, se quisiera buscar un remedio para la misma. La gente critica mucho las compañías farmacéuticas, pero son empresas y necesitan sus ingresos y sus beneficios.
 
Si le puedo preguntar, ¿qué parte de su tiempo dedica a hacer de investigador y qué parte a hacer de empresario?
Me da casi vergüenza decirlo. Cuando comencé en la compañía yo era científico al 100%. Ahora ya no. Me encanta hacer de empresario, pero le veo cosas buenas y malas. La mala es que ya no me alcanza el tiempo para investigar: la compañía es pequeña, pero de ella dependen 22 personas y mi tarea como CEO es dedicarme a ellas. Pero en el lado bueno está el que yo soy científico de base y que cuando analizo los problemas de la empresa lo hago desde un punto de vista científico. Afortunadamente tengo un equipo del que me siento muy orgulloso porque logran hacer cosas que yo no podía hacer solo, cuando era científico. Me considero espabilado, pero no sobrado… 
 
Su compañía ha abierto sucursales en otros países. ¿Cómo es su equipo profesional?
Como le decía, somos 22 y nuestra base se encuentra en Barcelona. En Dinamarca, por ejemplo, contamos con una persona que está dedicada a tiempo parcial. Es un sueco, muy sénior, del que estamos muy contentos. El resto de la gente es básicamente de aquí.

¿En qué fase de su proyecto vital y empresarial se encuentra? ¿Tiene ya pensada la siguiente, sea cual sea?
Siempre digo lo mismo. En mi perfil de Twitter tengo mi descripción y dice así: “fundador de una empresa y cofundador de tres niños”. Soy padre de tres criaturas de casi dos, cinco y ocho años. La fase vital actual es muy estimulante, un no parar, aunque mi mujer y yo trabajamos a tiempo completo los dos (y hasta más) y vamos a tope. Tengo ganas de vacaciones, aunque siempre dicen que los emprendedores nunca tienen ganas… ¡anda que no!
 
Lógico. ¿Y a nivel empresarial?
Nuestra compañía tiene 7 años de vida, el año pasado teníamos un competidor del mismo tamaño que nosotros y lo absorbimos. Y ahora estamos en una fase de estabilización y de definir bien las cosas que queremos hacer. También es verdad que, aunque sabemos lo que queremos, nos falta la financiación para hacerlo.
 
¿Y la buscan?
Es donde estamos ahora. Lo bueno de tener una compañía que va madurando es que permite delegar. Digamos que tengo más problemas en casa que en el trabajo.
 
¿Sueña usted con moléculas, cuando se acuesta?
A veces. También se me aparecen billetes de euro o personas. Admito que llegué a estresarme y a tener que aprender a parar la mente. Aunque la mente científica, que es apasionada, cuesta detenerla. Siempre buscas el razonamiento de algo. Pero intento pausarme antes de acostarme y, cuando me levanto, algunos días trato de ir a la piscina para cansarme un poco y abrir la mente. Uno trabaja muchas noches hasta tarde, los fines de semana y, cuando viajo, durante las 24 horas. Así que cuando estoy con la familia o duermo, mando las moléculas a que molesten a otro.