Director de Orquesta, y Director titular y artístico de la Jove Orquestra Simfònica de Barcelona

Carlos Checa

Belleza musical

“Las orquestas sinfónicas deben salir a la calle”  


Carlos Checa equipara una orquesta a un equipo empresarial de alto rendimiento. 

Miércoles, 27 de Julio de 2016
Uno piensa que los directores de orquesta son personas muy preparadas, muy exigentes y, quizás por su posición elevada unos centímetros por encima de las cabezas de los músicos, gente un poco estirada y habituada a ser tratada con reverencia. Carlos Checa demuestra lo primero y lo segundo, pero lo contrario de lo tercero. Nos parece una persona agradable, cuya vocación de servicio es en favor de la música y de la gente que la escucha y la ejecuta. Nada de sentirse por encima de nadie. Uno más, en todo caso. Para romper el hielo transgrediendo un poco, le lanzamos una pregunta con sorna.

"El hándicap del director de orquesta es que para entrenarse necesita una orquesta"
 
"No me gusta hablar de música “culta”. La música no es para minorías, está pensada para todos"
 
"Los directores de orquesta tenemos que lidiar con genios como Bach o Mozart"
 
"El director es una especie de puente entre la orquesta, el público y el compositor"
 
"Dirigimos tal y como somos y es muy difícil esconderse de ello. La dirección es un acto muy íntimo donde uno se refleja a sí mismo. Es difícil ocultar la personalidad"
 
"Yo empecé a estudiar a los seis años y mi primera decisión importante la tomé a los diecisiete, que para nuestra profesión es una edad muy tardía"
 
"Cuando terminé de estudiar me di cuenta de que no había ninguna orquesta esperando a ser dirigida. Me encontré cualificado pero sin oferta laboral. Así que desde ese momento mi trabajo fue darme a conocer"
Maestro, en el coche llevo el concierto de la Filarmónica de Londres junto al grupo de heavy rock Metallica. ¿Eso es algo malo, desde su punto de vista?
No, ¡qué va! ¡Para nada! La música es maravillosa. Solo requiere un contexto. Y cada momento del día o de la vida tiene el suyo. Por eso a los jóvenes siempre les digo que hay algo más que la música pop. El abanico es mucho más amplio y denso. Yo invito a todo el mundo a disfrutar de las mescolanzas, sabiendo que también Bach y Wagner ofrecen cosas riquísimas. Y aunque no te guste uno, te puede gustar el otro.
 
No deja de sorprenderme que con la gran cantidad de obras que existen en la música clásica, el director sea capaz de sabérselas todas al dedillo.
Es cierto. Sabemos bien las partituras. Pero también le diré que los directores jugamos con algo que nos va en contra. Verá: cuando hablamos de “música clásica” técnicamente sólo debe considerarse el periodo que va desde la muerte de Bach hasta primeros del siglo XIX. Es decir, cincuenta años. Sin embargo, popularmente, denominamos música clásica a unos cuatrocientos años de historia. En el mundo contemporáneo nos confundimos a menudo. 
 
Llamémoslo “música culta”, entonces…
Quizás no hemos encontrado una mejor palabra para definir la música, quizás sea culpa nuestra. Y no me gusta el concepto de “música culta” porque tan culto es el flamenco y el jazz como la clásica. Cada música tiene su momento. Creo que el trabajo del músico actual es el de hacer que la gente descubra la belleza de la música.
 
¿Los conciertos en la tele, y los programas de Ramón Gené ayudan en ese empeño o los considera una banalización?
Ayuda muchísimo todo lo que haga que la música sea abierta y gratuita. En la Jove Orquesta de Barcelona organizamos muchos eventos gratuitos para que la gente se acerque y pueda conectarse con la música. Toda la difusión que se viene haciendo desde hace unos años y todos los esfuerzos para sacar a las orquestas y llevarlas a la calle es importantísima.
 
Para un director, ¿su batuta es una prolongación de la mano o es algo más?
Es una herramienta más. Algunos directores trabajan sin batuta. Pero en realidad es una prolongación de la mano para que los músicos puedan verte mejor. Piense que una orquesta sinfónica los noventa músicos concentran su mirada en tu persona para ir juntos en el fraseo, la dinámica, la interpretación… Y la referencia de la batuta les ayuda a unificar.
 
Durante su formación ¿aprendió a tocar algún instrumento en concreto?
Sí, claro. El piano, el oboe y el violín. Y he tocado muchísimo, sobre todo el piano. Pero vi que a nivel profesional, lo que podía hacer con mayor facilidad era la dirección de orquesta.
 
Busco una metáfora para definir su trabajo, y no estoy seguro de cuál es la mejor…
El director de orquesta es una especie de puente entre la orquesta, el público y el compositor.
 
Según dicen, hay directores más apasionados y otros más fríos.
¡Claro! Dirigimos tal y como somos y es muy difícil esconderse de ello. La dirección de orquesta es un acto muy íntimo donde uno se refleja a sí mismo. Es difícil ocultar la personalidad. Un profesor me dijo una vez que la timidez debía dejarse en el camerino cada vez que salíamos a interpretar. Hay que ser uno mismo en el escenario y vaciarse por completo.
 
¿Qué hobbies tiene un director de orquesta? Porque los tendrá, suponemos…
¡Por supuesto! Soy muy normal en eso. Me encanta el fútbol: jugué hasta que me lesioné una rodilla. También me encantan el billar, el ajedrez y la familia. Pero el músico siempre ha de estar estudiando y asimilando partituras, como los médicos. Y eso requiere tiempo y constancia.  Siempre lidiamos con genios como Bach o Mozart…
 
Pero si ustedes se saben bien las partituras…
Ya, pero el maestro Ros Marbá nos decía que hasta que no hubiéramos dirigido veinte veces una misma obra, no nos la sabríamos. Es una carrera de fondo.

¿Y el compositor al que más le emociona interpretar?
La de Beethoven es una música profunda y espiritual, que me llena por dentro. Pero hay tantísimos compositores… Y la música clásica (o mal llamada así) tiene una belleza enorme.
 
¿Un director de orquesta tiene claro desde el principio que quiere dirigir? ¿O alberga alguna duda?
¡Muchas dudas! De hecho, la música es un campo que cada día desafía a la valía del músico. En nuestra profesión nos encontramos en una situación de aprendizaje diario, de estudio, de ensayo, de hablar con la orquesta… Yo empecé a estudiar a los seis años y mi primera decisión importante la tomé a los diecisiete, que para nuestra profesión es una edad muy tardía.
 
Le confieso que si soy director de orquesta es porque hice una composición en el conservatorio y la profesora me dijo que debía dirigirla yo. Así que estudié. Y cuando terminé, a los 23 años, me di cuenta de que no había ninguna orquesta esperando a ser dirigida. No había empresa que me contratara. Me encontré cualificado pero sin oferta laboral. Así que desde ese momento mi trabajo fue darme a conocer.
 
¿Podría Carlos Checa haberse dedicado a la investigación, a la ciencia, a la empresa, o a algún otro campo?
Mientras estudiaba dirección de orquesta hubo algunas cosas que profesionalmente me llamaron la atención. Por ejemplo, la magia de liderar a un equipo de personas. Considero que la música es algo mágico, misterioso trascendental y bello, que es capaz de mover la conciencia de las personas. Y dirigir música me parecía lo más mágico de todo. No me planteé ninguna otra carrera porque a medida que avanzaba me sentía a gusto ante el reto del sacrificio y la lucha continua por el propio sueño personal.
 
Entonces, ¿se vería cómodo siendo, por ejemplo, coach o director de empresa?
Creo que sí. Siempre estamos liderando grupos. El director de orquesta dispone de una partitura, sobre la cual un compositor plasmó una experiencia. Y nos invita a que la interpretemos para llegar a su misma vivencia. Ese es el camino de la interpretación. Y en ese camino el director le dice a su orquesta que confíen en él para hacer esa versión. 
 
Todos y cada uno de los músicos de la orquesta tienen una versión propia de esa obra. Y el misterio está en lograr que todos se pongan de acuerdo en una única versión. Los directores queremos que confíen en nosotros.
 
¿Esperaba usted una carrera con un trabajo estable o una con bandazos y saltos?
En mi caso siempre he tenido que vivir con la incertidumbre. Uno nunca sabe qué va a pasar dentro de dos años. Es algo que sucede en general en el mundo del arte. Te ves dirigiendo un día y pensando que hay motivos suficientes para creer en la viabilidad de tu carrera (como cuando debuté en Londres, con la Royal Philarmonic Orchestra). Pero luego vienen tres meses seguidos en los que nadie te llama, hasta que un director como Gustavo Damel se fija en ti y apoya tu debut en Venezuela. 
 
Veo mi carrera como una serie de puertas y etapas que se han ido abriendo y cerrando a medida que he ido haciendo el camino. 
 
Casi todos los profesionales tienen una referencia. ¿Cuál es la suya?
Mi carrera estuvo marcada por los profesores de cercanía, esos que tuve en mi etapa en el conservatorio, y que fueron los primeros que me dijeron: “Carlos, inténtalo, que te damos el primer empujón”. Recuerdo a todos los profesores que tuve en el Conservatorio de Barcelona diciéndome “date una oportunidad a ti mismo”.
 
A partir de ese momento es cuando fui conociendo a otros directores, como George Pehlivanian, Kurt Masur, Ros Marbà… Pero mis profesores de la etapa inicial, entre ellos Francesc Llongueras, Albert Argudo, Assumpció Codina, son los que me enseñaron a crecer y me hicieron dar el salto.
 
Queda claro entonces que en la carrera de un director de orquesta hay una fase de formación, otra de posicionamiento personal y ¿luego? ¿Cuál es su proyecto actual?
¡Uf! Tengo muchos. Pero, verá, los directores de orquesta tenemos un hándicap y es que para practicar necesitamos una orquesta. Al igual que los futbolistas necesitan un campo y un equipo, o los músicos necesitan un instrumento, nosotros debemos estar con orquesta. Ahora llevo muchos años como director invitado. Es decir, que voy donde me llaman. Esta es una etapa muy importante en mi profesión, porque me da la oportunidad de viajar mucho y conocer realidades, orquestas y niveles de profesionalidad diversos. A la vez, me permite irme conociendo más a mí mismo. En cada orquesta a la que me invitan descubro nuevas maneras de acercarme al equipo y a liderarlo. Pero hay otro proyecto muy interesante…
 
¿Cuál?
Surgió la posibilidad de fundar y dirigir la Joven Orquesta Sinfónica de Barcelona. Es un proyecto muy ilusionante de ciudad, que me tiene ocupadísimo.
 
Para seguir con el símil, en los equipos de fútbol hay talentos diversos, ¿En las orquestas también? ¿Cómo los gestiona?
En una orquesta te das cuenta de que todos somos igualmente importantes. Desde el solista hasta el que está en el lugar más alejado del atril. Y si el director está situado en un podio no es porque seamos más relevantes, sino porque necesitamos que nos vean mejor. No somos más importantes que el músico: el podio es algo físico, no mental. El director que se crea que tiene un estatus más elevado que los músicos tiene unos parámetros que no son musicales, sino de ego.
 
Todos juntos formamos un equipo y la función de cada uno es aportar algo al mismo. 
 
¿Como director, se ha encontrado ante alguna situación compleja de resolver?
¡Muchas veces! Nuestro trabajo es muy psicológico. Llegas a una ciudad en la que nunca has estado, te pasas de lunes a viernes trabajando con una orquesta a la que no conoces y el fin de semana tienes el concierto. En esos cinco días previos tienes que empatizar y hacer un trabajo muy psicológico con el grupo. Pasa que a veces uno no tiene su mejor semana o a veces es un tema del propio colectivo, el caso es que no se da una buena conexión. 
 
El trabajo del director es el de motivar e invitar a considerar el trabajo como algo maravilloso… El gran director italiano Carlo Maria Giulini decía en uno de sus libros algo así como “qué suerte tenemos los músicos de poder llegar a un auditorio y ponernos a interpretar a Mozart”, con lo duros que son los demás trabajos. Pienso que los propios músicos perdemos a menudo la trascendencia de lo que estamos haciendo.

¿Qué piensa un director joven como usted cuando alguien tan consolidado como Plácido Domingo dice que “cuando no pueda cantar, me pondré a dirigir”?
Plácido Domingo es un magnífico maestro y un magnífico músico. Estamos hablando de una de las grandes figuras que ha dado la música en España y en el mundo. Lógicamente dirigir y cantar son conceptos distintos y no son cosas que vayan completamente alineadas, aunque él puede haber desarrollado esas capacidades perfectamente. Hay muchos directores, por ejemplo, que serían incapaces de cantar y pero en su caso, esto no es así. 
 
Y la música “clásica-contemporánea”, ¿por qué cree que es tan difícil de entender por parte de los neófitos?
La música ofrece a veces complejidades que requieren de capacidad de audición o sensibilidad para entender el porqué de una composición en un momento determinado. Un colega mío, Iñigo Pirfano, en su recomendable libro “Inteligencia Musical” dice que hay una llamada perenne del arte sobre la audiencia y las personas. Esa llamada requiere un tiempo para ser respondida. Los músicos necesitamos treinta y cinco o cuarenta minutos para que una obra sinfónica sea disfrutada. Y el mundo de hoy no tiene este tiempo.
 
Le puedo mencionar, por ejemplo, la Décima Sinfonía de Shostakóvich, que tiene una gran trascendencia dramática y mucha energía concentrada. Sin embargo al escuchante le toma mucho tiempo ponerse en situación, meterse en ella y descifrarla. Si puedes escucharla en vivo es cuando te enamora. Pero no siempre es así. De ahí la labor del músico de atraer a la gente. La música no es para minorías, está pensada para todos.