Víctor Panicello

Co-creando historias

“Los jóvenes piden honestidad ante todo”



El escritor Víctor Panicello hace que jóvenes con necesidades especiales sean coautores de las novelas que protagonizan

Miércoles, 13 de Julio de 2016
El mundo editorial cambia y los escritores y los lectores se adaptan a nuevas formas de expresión. Autor de quince títulos publicados (y, seguramente, de otros muchos por publicar), Víctor Panicello comenzó en 2012 a escribir libros en los que los protagonistas son grupos de chicos y chicas con alguna característica especial o en situación de riesgo de exclusión. Con ellos co-crea las historias y descubre nuevas visiones del mundo desconocidas para unos y otros. Es un proyecto de emprendeduría social en el que además de escribir debe buscar y gestionar alianzas con patrocinadores, entidades y editoriales. Es el caso de su último título (“Què sents quan no sents res”, Claret), que se traducirá al castellano a finales de año y que trata sobre jóvenes con trastornos de la conducta alimentaria.

"En 2012 fui a conocer a chicos hospitalizados en Sant Joan de Déu para documentarme sobre lo que es ser adolescente y estar enfermo. Vi que era más interesante escribir una historia junto a ellos que hacerla sobre ellos"
 
"El mundo editorial está en un momento de transformación. El ideal del escritor que puede vivir de sus derechos como autor ya no es vigente"
 
"Considero mis obras como proyectos complejos en los que el libro es tan solo uno de los resultados finales: también lo son la sensibilización social y la visibilización de colectivos con necesidades especiales"
 
"Hice un libro junto a un grupo de hijos de inmigrantes del Raval en Barcelona. Descubrimos que lo de la “multiculturalidad” no va con ellos. Su patria verdadera es el Raval"
 
"Con nuestro último libro, escrito junto a jóvenes con trastornos de la conducta alimentaria, hemos descubierto que tras esos problemas se esconden dificultades de relación, inseguridades, ansiedades…"
 
"Una vez he identificado un colectivo sobre el que me interesa trabajar, me pregunto a quién más le interesa y dónde puedo encontrar a un patrocinador que ayude en el proyecto"
 
"El libro sobre trastornos alimentarios no interesó ni a empresas de alimentación ni de modas. No querían asociar sus marcas a ese problema"
 
"Todo lo que no sea una visión del escritor como alguien solitario, trabajando en un despacho, resulta difícil de entender"
 
"Los chicos de hoy día no están enganchados al móvil. Están enganchados a su mundo y su mundo está dentro del móvil"
 
"La “cruda realidad” no existe. Se conforma a partir de diversos puntos de vista simultáneos"
Usted es escritor. Y escribe novelas. Pero también escribe unos libros un poco singulares. A ver, dígame qué tienen de especial.
Comienzo por el principio. Llevo escribiendo toda la vida. Publiqué títulos de diversos géneros y para distintas editoriales, muchos de ellos en el ámbito de la literatura juvenil. Pero en 2012 acudí a conocer a chicos y chicas hospitalizados en Sant Joan de Déu para documentarme sobre lo que significa ser adolescente y estar gravemente enfermo. Finalmente vi que era mucho más interesante escribir una historia junto a ellos, de forma coral, que hacerla yo solo, escribiendo sobre ellos. Ese libro ganó un premio.
 
Usted co-creó ese libro con algunos de los propios protagonistas, entonces.
Así es. A partir de ahí compaginé la labor como escritor de ficción, que escucha, crea y relata, con la de escritor que escucha y que participa junto a otros en la construcción de una historia. Surgieron tres proyectos más de ese tenor: en uno, trabajé junto a un grupo de hijos de inmigrantes del barrio del Raval en Barcelona. Descubrimos cosas muy interesantes, como por ejemplo que lo de la “multiculturalidad” no va con ellos. Su patria verdadera, la única, es el Raval. Nada más.
 
Revelador.
El segundo lo co-escribimos entre un grupo de chicos y chicas ciegos y yo, con el apoyo de la ONCE. Queríamos visibilizar lo que significa tener 18 años, pasar por los problemas propios de esas edades y hacerlo desde la discapacidad visual. Fue una lección para mí conocer su manera de enfrentarse a los retos y de superar los prejuicios y las etiquetas. El libro más reciente, que estamos presentando ahora, lo co-escribimos junto a 13 chicas y un chico que sufren trastornos de alimentación. Aprendimos que tras esos problemas se esconden dificultades de relación, inseguridades, ansiedades… 
 
El mundo editorial ha cambiado mucho.
El mundo editorial está en un momento complejo y de transformación. El ideal del escritor que puede vivir de sus derechos como autor ya no es vigente. Yo considero estas obras como proyectos complejos en los que el libro es tan solo uno de los resultados finales. También lo son la sensibilización social y la visibilización de determinados colectivos. Y, antes que eso, hay que buscar instituciones de referencia (como la ONCE, el Casal dels Infants del Raval o la Fundación ABB, por ejemplo) y patrocinadores que lo hagan posible.
 
Alguien tiene que confiar en su proyecto, claro.
El modelo no tiene secreto: una vez he identificado un colectivo sobre el que me interesa trabajar, me pregunto a quién más le interesa ese colectivo y dónde puedo encontrar un patrocinador que me ayude. Me lleva entre seis y ocho meses materializar un libro y, como a cualquiera, me gusta ganarme la vida con lo que hago.
 
Reconocerá que el modelo, con todos sus atractivos, no es muy habitual.
Todo lo que no sea una visión del escritor como alguien solitario, trabajando en un despacho, resulta difícil de entender. Pero debo trascender a esa imagen en mis proyectos. Debo buscar patrocinadores, hacer de community manager, ocuparme de la promoción… En definitiva, debo desarrollar un proyecto completo a partir de una sola idea.
 
De todo el proceso, lo que me costaría más sería integrarme en esos colectivos de jóvenes en situaciones especiales. ¿A usted le aceptan?
Pasa una cosa curiosa con los jóvenes y es que su imagen no refleja la realidad. Lo que ellos piden es honestidad ante todo. Y cuando empiezo el proyecto con ellos les soy muy sincero. Si les digo que participarán del proceso creativo es porque de verdad participarán de él. Fíjese: alguno de los títulos de mis libros no son los que yo hubiera decidido. 
 
También les aclaro desde el principio que no estoy libre de prejuicios, que no llego con la mirada “limpia”. Cuando comencé a trabajar con chicos hijos de inmigrantes, les compartí mis prejuicios y les ofrecí discutirlos, porque era la única manera de eliminarlos de mi cabeza. En esas discusiones, que duran meses, yo descubro cosas, pero ellos también. 
 
¿Como por ejemplo?
En el caso que le comentaba, discutimos y descubrimos que los españoles pueden llegar a ser tan racistas como los propios inmigrantes. Y con los chavales ciegos discutimos sobre si de verdad no recibían el apoyo que esperaban o bien debían aprender a pedirlo antes de esperar nada… En esos proyectos juego el papel de “visión social”. Les intento compartir lo que la sociedad entiende de ese colectivo y desde ese punto trabajamos juntos. 
 
Usted ejerce también como jurista. Curiosamente hay muchos colegas suyos que escriben (v.g. Ildefonso Falcones). 
El Derecho proporciona un cierto dominio del lenguaje y el hábito de emplear las palabras de la forma más apropiada. A través de la literatura uno entiende que “el mundo no es más que palabras” ordenadas, como diría Miquel Martí i Pol. Mi vocación literaria surgió de tratar de entender cómo funciona el mundo y cómo funcionan las palabras. 
 
Y, digo, con la cercanía que usted mantiene con los colectivos jóvenes, ¿no habrá pensado en dedicarse a ellos también como abogado?
Mi especialidad es el derecho administrativo y no tiene nada que ver con los problemas que abordo como escritor. De hecho, ya me va bien que sea así: poder distanciarme de los problemas me da una perspectiva que necesito para contar las historias de la manera más objetiva posible.

En todo caso, le confieso que no es fácil compaginar ambas cosas: mi carrera profesional se ha visto condicionada por el hecho de ser escritor y a la inversa.
 
Déjeme que sea curioso: ¿en sus libros se ve obligado a poner nombres ficticios a la gente y a las situaciones, o retrata la cruda realidad tal cual?
Es que la “cruda realidad” no existe. Se conforma a partir de diversos puntos de vista simultáneos. En el caso de los jóvenes, por ejemplo, a veces me encuentro ante opiniones muy radicales: “o blanco o negro”. Es trabajando con ellos cuando adquirimos matices para esos extremos y descubrimos otras visiones complementarias. En mis proyectos sé con quién trabajo. Y aunque no me condicionan, intento que las cosas sean contadas siempre desde diversos puntos de vista. 
 
Dígame algo que no haya sido capaz de explicar. Algo que, por ejemplo, no la hayan dejado contar o que no sepa cómo hacerlo.
Le diría que existen millares de proyectos por desarrollar. Ahora mismo estoy pensando en trabajar con el Instituto Guttman, contando historias de y con chicos y chicas que han tenido accidentes de tránsito y que se ven obligados a recomenzar su vida en una silla de ruedas. Parece una buena idea, pero: ¿dónde está la viabilidad del proyecto? 
 
¿Se refiere al patrocinador?
Me refiero no sólo a quien aporte dinero, sino, sobre todo, a quien aporte su punto de vista, que es muy importante. Hay que encontrar a empresas y organizaciones cuyas líneas de actividad en responsabilidad social corporativa estén alineadas con el proyecto. En el caso del libro más reciente, que trata sobre chicas y chicos con trastornos alimentarios, fui a visitar a empresas del ámbito alimentario o de la moda. Pensé que podía tener sentido hacerlo por simple cuestión de responsabilidad.
 
¿Y qué pasó?
Pues que no querían saber nada de ello. No querían que su nombre se asociara al concepto de anorexia o bulimia.
 
¿Ni para bien ni para mal?
Muchas empresas practican una responsabilidad social muy “macro”, muy de “greenwashing” (o lavado de imagen) y les cuesta aceptar proyectos más concretos pero a la vez más profundos y comprometidos. Eso me está pasando en el proyecto con el Instituto Guttman que le comentaba.
 
Hace unas décadas las editoriales eran esos “mecenas”. Ahora hay que llegar a ellas con el mecenas ya comprometido, ¿no le parece?
Sí, claro. Creo que hay dos tipos de editoriales. Las que sobre todo vigilan su cuenta de resultados y las que se arriesgan un poco más pero tienen problemas de distribución. Las grandes van sobre seguro y las pequeñas apuestan a proyectos más comprometidos pero de menor salida. Es un sector difícil. Pero no me quejo.
 
Como tema futuro para su trabajo podría pensar en el paro juvenil.
El desempleo marca muchísimo a los jóvenes. Sobre todo, les pone límites mentales y les somete a estereotipos que nosotros no teníamos: ellos viven y estudian condicionados por un futuro que les hemos pintado muy negro. No se forman en lo que les gustaría estudiar, sino en aquello que alguien les ha dicho que les dará de comer en el futuro, sin tampoco tener la certeza. Los jóvenes viven pensando que será difícil salir adelante. Están muy inseguros y les hemos dicho que son una generación perdida. Pero yo pienso que están mucho más preparados que nosotros y espero que crean en sus posibilidades.
 
No me hable de generaciones. Las tarificamos todas: que si la “X”, que si la “Y”, que si los “millennials”, que si tal otra… ¿Usted es capaz de distinguir cada una?
Yo creo mucho más en las personas que en las generaciones. Y creo que en cada generación hay de todo: gente que saldrá adelante y gente a quien le costará más. Nos gusta establecer clasificaciones, quizás por un tema de marketing. Pero eso es simplificar demasiado y no lo comparto.
 
Los de ahora, por ejemplo, se pasan el día enganchados al teléfono móvil.
No creo que sea exactamente así. Más bien creo que están enganchados a su mundo y su mundo está en un teléfono móvil. En nuestra generación el mundo estaba fuera, en el barrio, en el campo de fútbol… Mi hijo está enganchado a la gente con la que se habla, más que al aparato con el que habla. Y se comunican exactamente igual que nosotros hacíamos a su edad: soy de una familia con muchos hermanos y mi padre nos tenía que llamar la atención regularmente para que dejáramos de hablar por teléfono de una vez. 
 
Aparte de esos libros tan comprometidos, ¿no siente la tentación de publicar ficción al 100%?
¡Claro! El año pasado publiqué “Laberint” (Estrella Polar - Grup 62) en catalán y en castellano (Casals). Es pura ciencia-ficción. Con un mundo totalmente inventado y unas reglas que yo fijé. También escribí “La llum de Tunguska”, que explica una historia compleja de pura ficción desde 1908 hasta 2055 y da cancha a personajes como Nikola Tesla y otros. Me lo pasé muy bien con ellos, pero esa es otra vertiente creativa distinta.

Y, como escritor, no quiero renunciar a ninguna: proyectos de co-creación y proyectos de ficción total. Hubo un tiempo en el que pensé que tenía que optar por una u otra. Hoy día creo que no es necesario.
 
En otro ámbito de cosas le pregunto: ¿ser escritor exige renunciar a muchas experiencias familiares?
Necesitas tiempo para escribir. Y si además tienes un trabajo, debes ir con cuidado equilibrando la agenda con la familia. Mi ventaja es que duermo poco: me levanto muy temprano y trabajo hasta tarde. Sacrifico vacaciones y tengo oportunidad de dedicarme a trabajar durante mucho tiempo. Si la pregunta se la formulara a mi familia, quizás le dirían otra cosa, pero debo decir que no podría hacerlo si no contara con todo su apoyo y eso es algo que valoro mucho.
 
Entonces aquí le dejo: no le quiero entretener más. Pero antes, recuérdeme cuál es su último libro para que lo conozcan nuestros lectores.
El libro es “Què sents quan no sents res”, la historia co-construida con las 13 chicas y un chico que padecen trastorno de la conducta alimentaria. Está funcionando muy bien en catalán y vamos a editarlo en castellano en breve aunque esta vez con otra editorial con la que empiezo de nuevo porque ellos se han comprometido con este tipo de libros, hablo de Comanegra y estoy muy ilusionado. Ya tenemos cita para presentarlo en Sevilla en noviembre de este 2016.