Coleccionista de cine y comunicador

Tomàs Mallol

 Pasión de coleccionista 

 “El secreto es tan sencillo como ofrecer siempre lo mejor”

 Uno de los secretos del éxito de Mallol ha sido tratar a los clientes con cariño, escucharles y ser muy exigente con uno mismo.

Martes, 09 de Septiembre de 2008
 Desde sus puestos directivos, los protagonistas de Feedback Today nos aportan sus experiencias en el campo que más dominan, pero no todos tienen que estar necesariamente en activo. La experiencia sigue siendo un grado, incluso en una sociedad como la nuestra que sólo valora la juventud. Y hoy hablamos con alguien que tiene mucha: Tomàs Mallol. En los circuitos cinéfilos, su figura es reverenciada como uno de los mayores coleccionistas de cine en nuestro país. Pero al margen de esta afición, Mallol resulta todo un “personaje” cuyo bagaje vital podría ser enseñado en las facultades.
 “Siempre me ha gustado observar a la gente, porque nos ayuda a comprender cómo somos y qué hacemos. Creo que en este sentido, la profesión de taxista es una de las que mejor se puede ver el comportamiento humano”

“En el coleccionismo y en cualquier aspecto de la venta, tener la información es esencial. Uno debe saber aquello que compra, para tener cierta ventaja y saber que es lo importante y qué es lo secundario”

“Las relaciones con los vendedores deben ser fluidas, no basadas estrictamente en el comercio. Debe haber algo más. Creo que este axioma es aplicable a muchos otros aspectos de la empresa” 
 Hablemos de su vida. Usted se aficionó al cine cuando era pequeño.

Sí, tenía diez años cuando empecé a construir el primer proyector, e hice cuatro en total. Aunque soy ingeniero, he trabajado en diversas profesiones, entre ellas, he tenido un taller mecánico, he sido taxista, he trabajado en cine, en fotografía publicitaria, en muchas cosas. Y siempre he sido independiente. Y creo que también muy curioso. Esta es una de las cosas que nunca deberíamos perder. La de la curiosidad.  

He leído en algún sitio que por eso se hizo taxista.
Siempre me ha gustado observar y escuchar a la gente, porque nos ayuda a comprender cómo somos y qué hacemos. Creo que en este sentido, la profesión de taxista es una en las que mejor se puede ver el comportamiento humano. De hecho, una de las películas que mayor proyección tuvieron en su momento fue una que trataba este tema. 

“Diálogos con el taxímetro”. 
Sí, representó a España en la UNICA, la Unión Internacional de Cine Amateur. Pero lo importante es que reflejé en ella aquellas pequeñas situaciones cotidianas que nos pasan desapercibidas, pero que nos revelan mucho de nosotros mismos. Una carrera de taxi, implica, como en toda venta, tener don de gentes y cierta facilidad de palabra. 

Y algo de psicología, también.   
En la venta hay mucha psicología. Mire, yo sólo con conocer a la persona que podía ser un posible cliente, ya sabía si me pagaría o no. Y le puedo decir que facturando entre 70 y 100 millones de pesetas cada año, lo que ya es una respetable cantidad, al menos si lo valoramos en su momento, sólo me quedaron a deber cuando me retiré, hará unos 30 años, 52.500 pesetas. 

Debía cuidar mucho a sus clientes. 
Iba a verlos a todos a principios de temporada. Yo hacía fotografías publicitarias de lugares de veraneo, como hoteles o cámpings, que eran los que más facturaban. 

¿Y cuál era el secreto? 
Algo tan lógico como ofrecer lo mejor a los clientes. Tratarles con cariño, escucharles y ser muy exigente conmigo mismo. Cuando me presentaba con algunas muestras, hacía pruebas fotográficas pero de buen tamaño, con calidad. Si les gustaba aquello que podía ofrecer, hablábamos de precios, pero siempre pensando en lo mejor para ellos. Los plazos de pago eran largos, así que la relación se prolongaba año tras año. Creo que la idea de que los clientes tienen que ser amigos es cierta. 

Debía tener un método de trabajo que debía gustar.
  
Bien, al ser autónomo, podía ir a mi ritmo. Y admito que no era rápido, pero sí  meticuloso, quizá demasiado. Si se trataba de hacer un reportaje fotográfico en un hotel, por ejemplo, me tomaba mi tiempo. Hacía fotografías aéreas, escogía la mejor hora del día para tener la mejor luz, y si tenía que hacer fotos del comedor, por ejemplo, trataba de combinar los colores, para que los manteles no contrastaran demasiado con las cortinas. 

La cosa salía bien, claro.  

Lo bueno tarda, lo admito. Pero lo importante es que los clientes quedaban satisfechos. 

Háblenos de su pasión por el coleccionismo. 
Arrancó cuando era pequeño. Empecé con los cartones de las cajitas de cerillas. Lo intercambiaba con los amigos y llegué a tener 17.000. Los metíamos dentro de los envoltorios de las cajas de cerillas, así que ocupaban poco espacio. Luego vino el cine, mis películas de cine amateur, y poco a poco una creciente afición por el coleccionismo cinematográfico. 

Pero es un terreno amplísimo. ¿Tenía muchos conocimientos cuando empezó? 

No, al principio, no. Bien, como todo el mundo sabía quien era más o menos Edison, y los Lumière, pero poca cosa más. Hay mucho desconocimiento de los orígenes del cine y especialmente de aquello que se conoce como el pre-cine, es decir, todo lo que hubo antes de los Lumière: los zootropos, fenaquistoscopios y otros aparatos. Yo tenía máquinas de cine que había ido comprando, casi un centenar, pero cayó en mis manos un libro que se llama “La Arqueología del cine”, y lo encontré apasionante. Y decidí coleccionar todo lo que cayera en mis manos. 

¿Y por dónde empezó? 
Esto fue hace años, cuando no existía Internet ni las facilidades de hoy en día. Me fui a París, a buscar librerías sobre el tema. Fui recorriendo un montón, pero había poca, muy poca literatura. Pero poco a poco, fui componiendo una pequeña biblioteca. 

Así que para conocer el mercado, usted buscó primero información.  
Bien, creo que es básico. En el coleccionismo y en cualquier aspecto de la venta. Uno debe saber aquello que compra, para tener cierta ventaja y saber qué es lo importante y qué es lo secundario. En este campo, además, hay que ser astuto y sutil, y las relaciones con los vendedores deben ser fluidas, no basadas estrictamente en el comercio. Debe haber algo más. Creo que este axioma es aplicable a muchos otros aspectos.   

Continuemos avanzando. Es entonces cuando empieza a adquirir aparatos.  
Cuando empecé era un buen momento, porque entonces no se valoraban como ahora. Y claro, hay también el factor suerte. Este tema, como en cualquier otro, para tener éxito hay que tener el máximo de elementos posibles, pero también debe estar la suerte. En mi caso, fue una amistad, la de Michelle Auer, que era el jefe de los servicios de recogida de basuras de París. 

¿Recogida de basuras? 
Sí, por aquel entonces no había los contenedores de ahora. Este señor gestionaba literalmente toneladas de mierda, pero tenía la precaución de ir rescatando de la basura aquellas cosas que parecía, sólo “parecía”, que no servían para nada. Y entre ellas, había muchos trastos que se tiraban. Algunos de ellos eran de cine. Él se quedó con los fotográficos, hasta el punto que llegó a encontrar un aparato original de Daguerre, uno de los inventores de la fotografía. Lo llegó a vender a los japoneses por 900 millones de pesetas de hace un montón de años. 

Y usted se quedó con los aparatos de cine.  
¡A él no le costaban nada! Y me los vendía a precios muy asequibles. Ahora, por supuesto sería imposible iniciar una colección de este tipo. 

Una de sus posesiones más preciadas debe ser una auténtica cámara Lumière.  
La encontré en el mercado de las Pulgas, en París. Estaba todo tal y como se había construido, con sus accesorios originales. Me pidieron 200.000 francos, que en aquellos tiempos eran unos 8 millones de pesetas. Con una rebaja de 15.000 francos, le dije que iría a buscar dinero. Así que cogí el coche y me fui a casa a reunir el dinero. 

¡Qué nervios!
Pues sí. Pasé la frontera y acordamos con el vendedor que teníamos que encontrarnos a las 8 de la tarde en la salida de viajeros de la estación de Austerlitz. No llegó, ni a las 8, ni a las 9 ni a las 10. No podía contactar con él porque no había móviles y en casa no contestaba nadie. Y lo peor es que yo llevaba 8 millones de pesetas en los bolsillos. Finalmente, apareció a las 11,30. Resulta que había tenido que llevar a su mujer al hospital con urgencia y no había podido avisarme. 

Una venta con final feliz. 

No era tan fácil porque tenía que atravesar la frontera, lo que implicaba que si los guardias te confiscaban lo que llevabas, lo perdías sin posibilidad de recuperación. Pero todo fue bien, y los nervios desaparecieron cuando pasé la frontera. 

¿Y qué pasó? 
Pues nada. A la mañana siguiente a empezar a trabajar duro de nuevo para resarcirme del gasto. 

Hace años su colección se transformó en un museo. 
Nunca me propuse hacer un museo, pero acabaron convenciéndome cuando venía mucha gente a casa a ver mi colección. En Figueres pretendían que la donase, pero tengo muy claro que antes que a nadie, yo me debo a la familia. He tenido posibilidades de ganarme bien la vida y, por suerte, no hemos sido derrochadores. Además, soy de los que piensan que lo que nada cuesta, no se valora. 

Las negociaciones debían ser largas. 
Se prolongaron durante mucho tiempo: me hicieron una oferta en Madrid, pero tampoco me interesaba. Hubo distintas conversaciones, y finalmente fue con el alcalde de Girona, Quim Nadal. Y lo que había tardado años, se solucionó en cinco minutos. Colaboraron el Ayuntamiento, la Diputación, el Ministerio de Cultura y la Generalitat de Cataluña. Hicieron una valoración que me pareció razonable. Hoy en día, pasan cada año 70.000 personas. 

Usted ha sido un hombre muy público. ¿Cómo lo ha logrado? 
Creo que es porque he sido muy comunicativo, ha sido la gracia que me ha dado Dios. Siempre tengo alguna cosa que contar. También he tenido mucha suerte y pienso que, también, una gran clientela.