Director General de Caixa Sabadell

Jordi Mestre González

150 años de historia

“Superando el pesimismo, venceremos la crisis”

Jordi Mestre González aconseja que seamos capaces de volver a la normalidad porque una cosa es segura: esta crisis será transitoria.

Martes, 07 de Abril de 2009
También los poderosos, los grandes, empezaron pequeños. Caixa Sabadell es una entidad que empezó en el Sabadell de mediados del siglo XIX, cuando su industria, en plena ebullición, necesitaba de una entidad que pudiera gestionar el flujo cada vez mayor de dinero de sus habitantes. Así que unos cuantos decidieron crear una caja propia. Acaban de cumplir 150 años y hoy hablamos con su Director General, que nos explica la historia de la entidad, y nos comenta lo que opina de la crisis, por supuesto. La maldita crisis.
“El panorama económico ha cambiado radicalmente en poco tiempo, y lo que nos espera son años de estabilidad, de prudencia. Tenemos claro que debemos ir muy en consonancia con los tiempos que corren”

“Con la crisis, se ha criminalizado a bancos y cajas injustamente. Se ha dicho que el Estado ha ido aportando dinero a bancos y cajas con un coste para el ciudadano, pero esto es absolutamente falso”

”En toda crisis hay importantes dosis de pesimismo. Pero hay un porcentaje muy elevado de la sociedad que no sufre la crisis, que tiene trabajo fijo, con ingresos estables. Debemos ser capaces, pues, de volver a la normalidad”
¡Felicidades!
Gracias. Sí, estamos muy orgullosos de celebrar nuestro primer siglo y medio de vida, aunque somos conscientes de que el cumpleaños no llega en el mejor momento económico posible. Pero nos ha tocado este escenario, y a pesar de esto, debemos celebrarlo. 

Todo empezó en 1859 de la mano de Pere Turull. 
Sí, es toda una historia. Hace siglo y medio aquí, en Sabadell, había mucha ebullición industrial: se había producido el traslado del campo a la ciudad y con la desaparición de la economía de subsistencia, tan propia del mundo rural, la gente decide ir más allá para tener algunos ahorros en caso de necesidad o cuando llegue la vejez. El concepto de “Caja” ya había surgido en otros países, y aquí se pidió a Caixa Barcelona, entonces en la capital, que abrieran una delegación en Sabadell. Se negaron, y fue entonces cuando  Turull hizo posible la fundación de una entidad en una ciudad, que aún no lo era como tal, y que no era capital de provincia. Así que somos una de las cajas más antiguas de Cataluña que existen y de las más antiguas de España, después de Caja Madrid.

Y desde hace unos años han experimentado un importante crecimiento.
Sí, se produce desde principios de este siglo XXI. Hemos pasado de casi doscientas oficinas a cuatrocientas. Pero no es un caso aislado: la situación económica lo pedía. Ahora el panorama es radicalmente distinto, y lo que nos espera serán años de estabilidad, de prudencia. Lo que tenemos claro es que debemos ir muy en consonancia con los tiempos que corren.

Unos tiempos en los que las entidades financieras no gozan de excesiva simpatía.
En este sentido, se han creado diversas leyendas urbanas. Se ha criminalizado a bancos y cajas y creo que injustamente. Se ha dicho, por ejemplo, que el Estado ha ido aportando dinero a dichas entidades con un coste para el ciudadano, pero esto es absolutamente falso. El Estado ha adquirido activos, los mejores, de las entidades financieras, a unos precios en los que el erario público sacará beneficios. También se ha comentado lo del aval que se otorga por las emisiones de las entidades. El Estado lo cobra, este aval, y cerca de un 1%. Y estas operaciones conllevan ingresos a las arcas del Estado. Así que no hay ni un céntimo de coste para el ciudadano.

Se dice que las cajas y bancos no conceden créditos.
En cualquier crisis, ha habido un descenso de los créditos. La función de bancos y cajas es captar dinero para concederlos. Cualquier persona con una cuenta corriente sabe que su dinero se utilizará para dar créditos a otros. Por lo tanto, la entidad debe tener garantías de que aquello se devolverá, ¿no? Dando crédito indiscriminadamente contribuiríamos al hundimiento definitivo del sistema financiero.

Pero en el momento de máximo auge se concedieron créditos e hipotecas a particulares con un riesgo altísimo de morosidad.

Sí, sabemos que las cuotas de las hipotecas no deberían sobrepasar el 40% de los ingresos familiares. Seguro que no se hicieron las cuentas correctas en algún momento, y hubo entidades que concedieron créditos al límite del 80% del valor de la vivienda, e incluso al 100%. Pero ha sido durante un período de tiempo, y esto ha cambiado completamente. Lo que sí es cierto es que financiar proyectos sin futuro no deja de ser una irresponsabilidad.

Sabemos que la crisis no es sólo económica, también es de confianza. La pregunta es si tardaremos mucho en recuperar esta confianza.
Mire, el tema de la confianza se encuentra básicamente en los mercados mayoristas. Y esto empieza en agosto del 2007 cuando estalla el tema de las hipotecas subprimes. Llega un momento en que no se distinguen los créditos hipotecarios: si son españoles, irlandeses o americanos. Y por ello, se cierra el crédito a todo el mundo.

Pero hay otros factores que contribuyen a esta situación.
Y los hay. En España, por ejemplo, existe el Registro de la Propiedad, cosa que en Norteamérica no. Allí si dejas de pagar la hipoteca, lo máximo que te pueden pedir es la casa. Aquí, no. Aquí se paga con los otros bienes del propietario. Así pues, aquí hay un rigor que no existe en otros países. Pero ¿cómo convences a los inversores extranjeros de que España está el tema más controlado que en los Estados Unidos? Es imposible. Y ello sin contar otros factores, claro, como el millón de viviendas que hay para vender. O los medios de comunicación. 

¿Por qué lo dice?
La situación crítica vino el pasado mes de octubre, cuando todas las cadenas de todas las televisiones, las tertulias, los periódicos… todo el mundo hablaba de la crisis. Y se recomendaba que la gente cogiese el dinero y los metiera debajo del colchón. Personalmente recuerdo un día, las tres franjas de una portada de un importante periódico eran titulares catastróficos. Y claro, cunde el pánico. Y la situación se sobredimensiona. Y lo peor es que no puedes hacer nada.

Los gobiernos no ayudaron.
Fue cuando Angela Merkel pasó en veinticuatro horas a decir que no garantizaba los depósitos a garantizarlos todos. Si aquel lunes, cualquier entidad, banco o caja, grande o pequeña, hubiera tenido una cola con gente para retirar el dinero, hubiera provocado el pánico, y con él, quizá el colapso del sistema financiero. Pero han ido pasando los meses, y ¿ha sucedido algo? No, todas las entidades han ido aguantando el chaparrón. Así que hay que conservar la serenidad.

Si lo peor parece que ya ha pasado, ¿hay alguna otra buena perspectiva?
Creo que todo pasa por dinamizar la economía de algún modo. No sabemos aún en qué punto estamos de la caída. Quizá en una fase avanzada: el paro ha aumentado, la morosidad aumenta... Pero creo que conseguiremos una buena reactivación si movilizamos el mercado inmobiliario.

Esto fue el principio de todo. 
Sí, todo se rompió cuando el precio medio por vivienda subió tanto que los posibles compradores de una primera vivienda no pudieron acceder al mercado porque ni las hipotecas a cuarenta años podían permitirlo. Y ni cuotas con el 80% o 90% de los ingresos destinados podían hacerlo posible. Y claro, hubo un momento en que todo se paró.

Y sigue igual.
Y lo peor es que no hay ningún precio de referencia. Ahora no se puede saber a cuánto va el m2. Esta crisis es además distinta de la que pasó en el 93, en que entonces hubo un factor que nos ayudó a salir: la inflación. El valor nominal de las viviendas hizo que el precio bajara, pero con una inflación tan baja como la que tenemos, no hay este recurso.

Bien, ¿y qué podemos hacer?
La administración debería poner en funcionamiento el instrumento del precio tasado, que indique el precio por el que ésta pueda subvencionar el precio de la vivienda. Es una especie de variante de la protección oficial, pero la idea es que no se construyan más casas, por supuesto, sino vender las que hay nuevas. Y las entidades aplicarían el tipo de interés que marcase la administración. No podemos olvidar, además, que detrás de las viviendas hay toda una serie de empresas que están detrás: los electrodomésticos, los muebles, las lámparas… el paro de la vivienda ha supuesto un paro en muchos sentidos. Y ello sin hablar del sector del automóvil.
 
Hablemos de este sector.
No se trata sólo de los concesionarios, sino también de las empresas que viven gracias a estos: los complementos, los accesorios de los coches se elaboran en empresas ajenas al concesionario. Así que es el mismo problema.

Pero si las viviendas bajan el precio, igualmente las entidades no concederán créditos.
Bien, este es otro de los problemas. Aquí hay la cultura de la propiedad, todo el mundo debe tener un piso. Quizá debamos plantearnos el hecho hay otras variantes, como el alquiler.

¡Pero las cuotas de alquiler han subido como las cuotas de las hipotecas!
Porque no ha habido oferta suficiente.

Volvamos a la administración. ¿Las ayudas del gobierno Zapatero ayudarán?

Sin duda. Son proyectos que generarán actividad pero siendo importantes, no son la solución definitiva.

¿Algún consejo?
En toda crisis hay importantes dosis de pesimismo. Pero hay un porcentaje muy elevado de la sociedad que no sufre la crisis, que tiene trabajo fijo, con ingresos estables: los pensionistas, los empleados de la administración, sean directos (funcionarios) o indirectos (médicos, profesores, catedráticos). Pero todo el mundo está retraído, y esto nos acaba afectando a todos. Deberíamos ser capaces de volver a la normalidad. Porque una cosa es segura: esta crisis será transitoria.