Entre la libertad y la censura
Entre la libertad y la censura

Por Eduard Berraondo
Como en tantas otras cosas, lo mejor acostumbra a estar en el término medio. El  radicalismo, sea en una  ideología o en comportamientos, nos lleva de cabeza a la exageración, y ésta nos conduce, directos, a la marginalidad.
 
Asistimos en los últimos días a un debate encendido, el de la libertad de expresión a través de las redes sociales, y sus límites. No por interesante resulta reiterativo. Pero lo curioso es que se discuta, ahora, la permisividad de los comentarios si éstos pudieran conducir a actos violentos o al fomento en sí de la violencia.
 
Han empezado las detenciones de jóvenes tuiteros, provocadores natos, por haber ensalzado la muerte de la presidenta de la Diputación de León. La cuestión es si ese mismo ministerio del Interior que se moviliza ahora, se enteró, por ejemplo, de los comentarios que en las redes sociales envían a los catalanes partidarios de la independencia a la cámara de gas, desde el presidente a cualquier anónimo ciudadano, y si eso es perseguible igualmente o no.
 
Se establece, pues, un atractivo debate sobre la impunidad que nos da la red, las facilidades que tenemos de ser reflejados en los medios de comunicación si la decimos “muy gorda”, cuanto más mejor para encender los ánimos de unos y otros.
 
El tema es, pues, como se puede poner una puerta al campo, o al menos, un cercado, para que, sin llegar a la censura que dejamos atrás ya hace décadas, y a la que probablemente algunos quieran regresar, haya unas líneas rojas que sean más difíciles de traspasar. Puede que esta fiebre que nos invade de querer enseñar a todos lo que pensamos de algo se nos vaya pasando como de una moda pasajera, puede que debamos atacar el tema desde edades tempranas, acostumbrar a nuestros hijos a que no todo vale cuando se trata de expresar nuestra opinión.
 
Tuitear, colgar algo en Facebook, requiere de un ejercicio previo que aún no se ha implantado de manera masiva y que es una sabia costumbre válida para muchos aspectos de la vida: contar antes hasta diez.
 
Si después de hacerlo, lo seguimos considerando, adelante. Eso vale para errores de los que luego nos arrepentimos, pero claro, eso no sirve en el caso de los que buscan ya de por sí la pura provocación, la desestabilización. Contra ellos, simplemente, hay que utilizar el arma que más odian, y que se llama Indiferencia.