Una de nucleares

Una de nucleares
Por José María Xipell

Se abrió la veda, aunque propiamente dicho, ya se ha cerrado. El Ministerio de Industria lanzó la candidatura para acoger un siempre mal visto “cementerio nuclear”, quizá pensando que en este país, tan decente y concienciado con la conservación de los ecosistemas, sólo le contestaría su propio eco, pero al final ha faltado tiempo para que se apuntasen hasta las capitales de comunidad. La oferta era asequible: disponer de 25 hectáreas y querer recibir una suculenta subvención, amén de la creación de unos trescientos puestos de trabajo.

Lo dicho, numerosas poblaciones diseminadas en las profundidades de nuestro territorio se han afanado en vender sus eras para que nuestros despojos radioactivos disfruten de un merecido descanso durante las próximas décadas. Pero de esta situación ha surgido un gran problema para algunos, y no me refiero a los archiconocidos inconvenientes que la energía nuclear, mal gestionada, tiene para nuestra salud.

Me refiero a la repetida escena que hemos observado en las “altas esferas” de nuestra política: cómo los alcaldes de estas pequeñas localidades se han enfrentado a las todopoderosas directivas de sus propios partidos que, apelando a una inconveniencia que hiede a buena imagen y a preocupación electoral, prefieren desentenderse de un asunto espinoso y del que sólo pueden salir perdiendo credibilidad; mientras que desde los distintos municipios, donde son los más conscientes de la impopularidad de esta medida y del riesgo que asumen, se pide respeto por la voluntad expresada: que exista un poder real de decisión, que no se les tenga por marionetas utilizadas en provecho de una ideología generalista; que si han tomado esta alternativa es por la urgente necesidad de no desaparecer en estos tiempos tan difíciles, no por gusto o por imagen.