Llamar al mal tiempo

Llamar al mal tiempo
Por Eduard Berraondo

En los últimos días, he oído en más de una ocasión observaciones de expertos que se refieren de manera unánime a evitar aquello que catalogaríamos como "llamar al mal tiempo". Sí, puede que llueva, lloverá, y probablemente a cántaros. Murphy también contribuyó con esa ley por la que ha pasado a la historia y a las agendas. Mejor callar, repiten muchos observadores.

Esa línea de silencio puede que Zapatero y su buen Ministro Solbes fuera la que decidieran adoptar hasta que el clamor de alrededor les dejó en evidencia. Y ahí surge la pregunta: ¿Hay que llamar tormenta a cuatro nubes que descargan piedra a destajo? Supongo que a las cosas se les llama por su nombre. Ahora mismo, llueve, y de manera espectacular. La cuestión es si hay que contarlo... Porque una línea muy dura de opinión considera a los medios, a los analistas, parte del problema. O sea, que se dedican demasiado a alertar sobre posibles consecuencias y, al final, llueve...

Si se hace política de ojos hacia otro lado, puede que la tempestad pase de largo y todo haya sido pura exageración. Me lo han dicho comerciantes, industriales, banqueros, todos de alguna manera han señalado que los medios han optado por hablar de una meteorología alarmante y, al final, las isobaras han descargado su furia. Pues lo siento, pero a mí no me encontrarán ahí. Si llueve, me mojo, y no me enojo, porque yo no encojo... al menos hasta ahora.