La otra “cara” del Facebook

La otra “cara” del Facebook
Por Albert Beorlegui Tous

Parecía incluso algo de mal gusto. La noticia publicada a principios de este mes de febrero pero dada a conocer dos semanas después, mediante la cual todos los datos de los usuarios de Facebook, incluyendo fotos y mensajes, quedará en manos de la compañía de Mark Zuckerberg que se reservará el derecho de usar, copiar, publicar, almacenar, modificar, editar, traducir, adaptar, crear obras derivadas y distribuir –entre otras cosas- para cualquier propósito, sea comercial o publicitario. Incluso dándose de baja. Como mínimo, la noticia era inquietante.

El origen estaba en el cambio de las condiciones de uso, aquellas que los usuarios ponen la crucecita sin apenas leer nada, cuando se dan de alta, mediante la cual se acepta que toda la información que se cuelgue en la cuenta pasa a ser propiedad de Facebook de forma irrevocable.

Algunos de los 175 millones de personas que comparten información personal en esta extraordinaria red social –otro de los milagros de internet- quedaron perplejos por el anuncio. Y de pronto, algunas de las fotos con amigos/as demasiado amistosos/as desaparecieron, las instantáneas con “cubatas” en la mano se volatilizaron, los perfiles mejoraron repentinamente, se eliminaron algunos contactos embarazosos y más de uno se preguntó hasta qué punto aquella información podía ser cierta.

Facebook insistió en que no había modificado los términos de uso para tomar el control de la información privada de sus usuarios, sino para reflejar mejor la forma en que éstos utilizan la página. Pero aún así, la polémica no cesó y, días más tarde, el propio Zuckerberg rebatió lo que se había publicado al escribir en un blog corporativo que “los dueños y controladores de la información son únicamente los usuarios”.

No hace falta ser un visionario para darse cuenta de que Facebook es una poderosísima arma de comunicación. Quizá la gente pensaba que su mayor inconveniente era que podías volver a ponerte en contacto con gente que creías que afortunadamente ya había desaparecido de tu vida, pero no. Ahora el problema está en pensar cuanta información sobre nuestra vida, nuestros amigos, nuestras relaciones, nuestros trabajos, nuestras aficiones, nuestras cuentas bancarias o nuestra propia personalidad se halla realmente controlada.

Quizá somos demasiado alarmistas al pensar que tarde o temprano deberíamos pagar un peaje por disfrutar de amistadas reencontradas o antiguos amores que creíamos perdidos; o quizá somos demasiado ingenuos al pensar que esto no tendrá ningún coste a pesar de las buenas intenciones (?) de sus creadores.

Un hecho está claro: existe demasiada información sobre nosotros en la red como para pensar que no podrá utilizarse tarde o temprano sin vulnerar derechos de intimidad. Y quizá esto sólo ha sido un aviso.

Esperemos.