Mamá, quiero ser millonario

 Mamá, quiero ser millonario
Por Javier López

 El Instituto de Contables de Hong Kong ha presentado un estudio que revela que el 75% de los jóvenes de entre 15 y 18 años que viven en esta ciudad china, están seguros de que serán millonarios cuando sean mayores. Cuando yo tenía quince años todavía seguía con la ilusión de ser futbolista. Normal, porque en España, el fútbol es el opio del pueblo. En cambio en Hong Kong, una de las ciudades más ricas de Asia, en donde los niños aprenden a leer los valores bursátiles del Hang Seng antes de afeitarse el bigote, tienen como deporte nacional el culto al dinero y al trabajo. En Europa se pelea por reducir la jornada laboral a las 35 horas, allí están dispuestos a trabajar 48 horas a la semana. Normal, porque carecen de clima mediterráneo y de ejercicios tan gratificantes como la siesta o irse de "cañas".

Es realmente alarmante que el 73% de los chavales encuestados afirme que el dinero es la clave de la felicidad. Un servidor, que aún cree que la vida debe ser un canto lírico por decreto-ley, apuesta por encontrar la felicidad, tal y como la representó una vez el poeta Antonio Gamoneda, compartiendo un vaso de vino con un amigo. En el caso de los jóvenes, mejor que no abusen del vino, y menos si le adhieren cocacola, pero que aprendan a compartir confidencias y anhelos. Y ya basta si los recrean con una bolsa de pipas, que vale poco más de 15 céntimos de euro. Las creencias de los púberes hongkongueses se extiende inevitablemente hacia capitales como Pekín, donde el culto al dinero ha sepultado al comunismo. Aquí, que ya nos hemos dado cuenta de que el comunismo suena bien en la teórica pero se encasilla en la práctica, lo que se extiende es la pérdida de la cultura del ahorro entre los jóvenes. Ya no se ven cerdos de cerámica con una hendidura en su lomo. Aún así, no es tan alarmante. Aunque se echa de menos a los cerdos, tan simpáticos que eran. Hablo por mí, pero me gustaría que mi razonamiento fuera extensible a este lado de occidente, al inquirir que el dinero es sólo un placebo. Y que la riqueza no se mide en números, sino en amigos. Y por favor, que los niños sigan queriendo ser médicos, bomberos o liposuccionistas, pero no millonarios, una profesión sin arte ni oficio.