Nunca he sufrido de jet lack, no he sido, al menos, consciente de verme afectado por la diferencia horaria cuando he tenido que viajar, ya sea a favor o en contra de las agujas del reloj. Pero acabo de descubrir otro tipo de desajuste que afecta mi cuerpo, mi mente, y que sí, constato que soy vulnerable al mismo. Puede que haya sido por mis especiales vacaciones de este agosto, pero los Juegos Olímpicos han sido parte de mis noches-madrugadas-mañanas-mediodías y creo que tras haber vivido de diferentes maneras los Juegos desde Montreal‘76, mi reencuentro con la realidad del final vacacional va a ir íntimamente ligado a la cita de Beijing.
Han sido unos Juegos excepcionales. Han pasado 16 años desde Barcelona y, claro, algún día, tanto las ceremonias como las instalaciones tenían que superaran a los mejores Juegos de la historia. No pensaba que existiera el jet lack olímpico, pero a las tres de la mañana me despierto y en la pantalla del televisor sólo encuentro concursos de llamadas y algún porno. El cuerpo se había aclimatado a un horario y, de repente, debe regresar a la cruda realidad: sin Juegos, sin emoción, sin decepciones o sorpresas, sin el auténtico deporte a dos metros de distancia.
La realidad regresa a ocupar su localidad. Volveremos a hablar de esa crisis de la que no se sabe la duración ni lo que puede llegar a abarcar, de la financiación autonómica, de Obama, de Laporta (qué listo que es o que son los que aún le rodean) y la llama de Pequín quedará en el olvido. Eso sí, me lo he prometido a mi mismo y a mi compañera de insomnio de estos días, en el año 2012, finales de julio-primeros de agosto, voy a estar en Londres. Espero que en esos Juegos pueda disfrutar in situ y si sigo aquí, se lo voy a contar con pelos y señales en 15 (o 16 días), en 20 líneas.