Esta semana he estado en Bruselas poco más de 24 horas, pero ha sido tiempo suficiente para tener, de nuevo, muy claro que la construcción del espacio único del Viejo continente está aún como algunos promotores inmobiliarios de aquí, es decir, “colgada”.
La capital belga, gris como casi siempre que la he pisado, acoge miles de funcionarios, políticos y gente de paso, que atiborran decenas de edificios repletos de salas con docenas de traductores simultáneos. Y fue ahí donde constaté de primera mano, el miedo que existe a que un modelo que parecía de éxito, se vaya al traste. Estuve en Bruselas el mismo día que los irlandeses decían que no al trato de Lisboa, y que ahora mismo ha puesto patas arriba a la Unión. Resulta curioso que Francia, que el mismísimo Sarkozy, se haya convertido, de sopetón, en el líder europeo, defendiendo su tratado resumido, claro, pues hay que recordar que franceses y holandeses empezaron a construir el descrédito diciendo que no a la Constitución en referéndum.
En la capital belga discutíamos sobre la creación de una red paneuropea de televisión, y ahí estaban representantes de los 27, de hasta casi 100 cadenas públicas y privadas, tratando de decidir cuál es el interés por los temas europeos. En un momento dado, el presidente de la comisión intervino para recalcar que, entre otros motivos, los recientes fracasos en intentar unir las diversas sensibilidades, culturas y lenguas de la Unión, se debían al desconocimiento que tenemos unos de otros (los ciudadanos de los estados miembros). ”Se puede ser euroescéptico, pero no euroignorante”. Viene a ser aquello de “hasta que no lo hayas probado, no digas que no te gusta”.
Pronto serán los checos los que vuelvan a poner a prueba la resistencia del proceso, en unos días, curioso, en que en el corazón del continente, se libra una dura batalla, incruenta, eso sí, por determinar quién es la potencia número uno... con el balón en los pies.